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Ciencia

Richard Ernst, premio Nobel de Química en 1991 / Víctor Manuel Holguín/Unimedios

Roald Hoffmann, ganador del Nobel de Química en 1981 / Andrés Felipe Castaño/Unimedios

“Ciencia y ética, matrimonio necesario para este milenio”: Nobel de Química

Dec. 14 de 2008

Por: Nelly Mendivelso, Unimedios

Con la responsabilidad y la voz que les confiere el haber sido laureados con el máximo reconocimiento de méritos excepcionales que se otorga en el mundo, el suizo Richard Ernst, premio Nobel de Química en 1991, y el polaco Roald Hoffmann, ganador del mismo galardón en 1981, se refirieron a la ética y la responsabilidad de los científicos como uno de los imperativos de este milenio. Estuvieron en la Universidad Nacional y hablaron también de su faceta artística como complemento fundamental de su creación científica.

“Estamos educando a las generaciones futuras y es nuestra responsabilidad poner ideas apropiadas en la cabeza de los estudiantes”, aseguró el Nobel Richard Ernst al referirse a la responsabilidad de los científicos en nuestro tiempo.

Ernst, inventor de los experimentos bidimensionales, piedra angular de la resonancia magnética nuclear, enfatizó ante el auditorio de la Universidad Nacional de Colombia en el aporte que deben hacer los académicos al bienestar de la sociedad: “Somos, ante todo, educadores. A modo de ejemplo, puedo decir que hoy en el mundo, la sociedad es un vehículo que maneja la industria a gran velocidad para obtener ganancia tras ganancia. La academia debe intentar tomar el control de ese vehículo y dar las bases para un buen manejo que proyecte un futuro benéfico. Por eso, antes que la investigación está la educación”.

Así, para el Nobel, formar científicos brillantes pero con visión ética y con especial acento en la responsabilidad resulta primordial: “Nos debe importar la responsabilidad porque somos los únicos que podemos decir lo que pensamos. Los políticos no pueden. Tienen que resolver problemas y conservar su puesto. Los negociantes tampoco, pues nada tiene que ver la promoción de ventas con la verdad. En la universidad tenemos la responsabilidad de decir lo que pensamos sobre temas importantes. Y lo podemos hacer”.
Para Roald Hoffmann, distinguido por sus teorías sobre el comportamiento de las reacciones químicas, el matrimonio entre quienes hacen ciencia y los postulados éticos tiene como uno de sus asideros la desconfianza: “Las personas sospechan de la ciencia, en particular cuando se tratan asuntos relacionados con el medioambiente, con la ecología y con los aspectos naturales y no naturales”.

Según el científico, “la gente se siente inconforme respecto a asuntos como la tecnología de la reproducción y el que una madre cargue un hijo que no es de ella; también en asuntos que tienen que ver con su seguridad alimentaria y los alimentos genéticamente modificados, es decir, con el hecho de que los granjeros no puedan sembrar las semillas y al siguiente año las tengan que comprar a empresas dedicadas a la biotecnología”.

Pero esa desconfianza a veces sobreestima la importancia de la ciencia, considera en ese sentido Ernst. “La ciencia no puede solucionar todos los problemas de la sociedad. Aun así, se le culpa de todas las dificultades que ocurren, y eso no es cierto. Solucionamos muchos más problemas que los que creamos”, dijo el Nobel de 1991, invitado por el Departamento de Química de la Facultad de Ciencias y la Dirección de Investigación de Sede de la Universidad Nacional de Colombia.

¿Cómo eliminar
esas sospechas?


Hoffmann llamó la atención sobre la necesidad que tienen los científicos de interesarse no solo por el conocimiento, sino por ser consecuentes y responsables con las acciones que toman: “No se debe hacer ciencia por diversión. A la sociedad se le debe contar lo que se está haciendo y las consecuencias de las investigaciones. A eso me refiero con la relación estrecha que debe haber entre ciencia y ética”.

Richard Ernst confesó haberse sentido algunas veces aislado en la sociedad de los científicos: “Cuando esto ocurría trataba de salir a la superficie para mirar la sociedad. Como le pasa a muchos en el mundo, los científicos también siguen sus metas personales, egoístas, y se excusan en que así es la naturaleza humana. Yo no estoy convencido de eso. A veces son nuestros colegios y nuestra sociedad los que empujan a los egoístas. Muchos adolescentes son idealistas, pero se les mata esos ideales con otros, los de la educación universitaria. Ellos terminan ajustándose a la sociedad, y la sociedad es egoísta. Creo que el ser humano podría moldearse en otra dirección”.

La ciencia
de hacer arte


Pero no solo temas relacionados con la química teórica aplicada y estudios profundos sobre lo orgánico y lo inorgánico, moléculas y átomos son el centro de atención de estos profesores universitarios de la Universidad de Cornell (Hoffmann) y el Instituto Tecnológico de Zurich
(Ernst). Su pasión por el arte también los ha llevado a destacarse en este campo.

“La gente separa el arte de la ciencia, cuando, justamente, ambos son procesos de creación. Los dos involucran la comunicación y tratan de entender el mundo. Tal vez la diferencia es que el valor de la poesía es más emocional, mientras la ciencia es más material. Sin embargo, hay cosas que uno no puede expresar en la ciencia y sí lo puede expresar a través de los poemas”, comentó Hoffmann, científico, poeta y dramaturgo.

A propósito, este Nobel de Química escribió con el científico Carl Djerassi, inventor de la píldora anticonceptiva, la obra teatral “Oxígeno”. Sobre el tema, comentó: “La obra tiene que ver con el descubrimiento del oxígeno y las tres personas que estuvieron involucradas en este proceso: un sueco, un inglés y un francés. La cuestión es ¿de quién es el descubrimiento? Se dice que Colón descubrió las Indias, pero efectivamente no fue así, realmente ese no es el problema. El francés Lavoisier, quien fue el que entendió mejor el proceso del oxígeno, no fue quien lo descubrió, mientras que los otros dos sí lo descubrieron. Ese es el tema de la obra”.

El arte pictórico tibetano

Como una fascinación. Así describe Richard Ernst su pasión por el arte pictórico tibetano. “Cuando era joven componía piezas para piano. Al escribir partituras sentía la misma sensación que siento al escribir un paper científico. Es el mismo tipo de creatividad. Una de mis piernas era la ciencia y la otra, la música”.

Ahora confiesa tener una tercera pierna: “el arte tibetano satisface la otra mitad de mi ser. Tiene una conexión directa con la ciencia. Precisamente estoy usando el espectroscopio para el análisis de pigmentos de estas obras”.

Según el científico, en la resonancia magnética –que por cierto permite ver el cerebro humano, entre otros órganos, funcionando en vivo– hay espectros de dos dimensiones que manifiestan las propiedades de las moléculas. Del otro lado están las pinturas tibetanas llenas de simbolismos. “Son dos lenguajes diferentes, con muchas conexiones, y ambos se pueden leer”, asegura Ernst.
Su mensaje lo emitió con claridad: “Quiero conmover a los científicos que piensan solo en moléculas y motivarlos por algo, aparentemente, fuera de su campo. El arte es bello cuando se mira. Mi emoción por el arte tibetano es un ejemplo. Es como una revelación bastante gratificante”, concluyó.



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