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El presidente de Irlanda Michael D. Higgins fue catedrático en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Irlanda, Galway. Foto: Ovidio González/Unimedios

El presidente de Irlanda Michael D. Higgins fue catedrático en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Irlanda, Galway. Foto: Ovidio González/Unimedios

La transformación de la vida rural no puede discutirse como algo utópico. foto: archivo particular

La transformación de la vida rural no puede discutirse como algo utópico. foto: archivo particular

Por primera vez el Gobierno y las Farc escucharon en detalle a las víctimas. foto: Nicolás Bojacá/Unimedios

Por primera vez el Gobierno y las Farc escucharon en detalle a las víctimas. foto: Nicolás Bojacá/Unimedios

Tony Blair (izq.) primer ministro británico, y Bertie Ahern, primer ministro de Irlanda, durante la firma de paz en Irlanda. foto: archivo particular

Tony Blair (izq.) primer ministro británico, y Bertie Ahern, primer ministro de Irlanda, durante la firma de paz en Irlanda. foto: archivo particular

“Colombia le mostró al mundo que no puede haber una dicotomía oscura entre justicia y paz”

Mar. 18 de 2017

Por: Michael D. Higgins Presidente de Irlanda

Después de destacar el proceso de paz colombiano como digno ejemplo de innovación para el mundo, el presidente de Irlanda, Michael D. Higgins, reiteró el apoyo que la Unión Europea le seguirá dando al país en el capítulo del posconflicto. Es la primera vez que un presidente irlandés en propiedad visita Colombia. Atraído por la capacidad de transformación que representan las nuevas generaciones, el mandatario eligió a la Universidad Nacional de Colombia (UN) para hablar sobre un pasado de conflicto y la construcción de un futuro de paz. El mandatario fue invitado por la Embajada de Irlanda en México, la Dirección de Relaciones Exteriores (DRE) de la UN y la Rectoría de la Institución. En su discurso se refirió al proceso de paz que experimentó su país después de las históricas tensiones entre católicos y protestantes, a la posibilidad que tienen las naciones de poner fin a sus diferencias con soluciones sostenibles que ataquen las raíces del conflicto, y al papel preponderante que desempeñan las víctimas en los acuerdos, entre otros temas. Estos son algunos apartes de su intervención.

Al regresar de una de las zonas veredales en Anorí (Antioquia) reflexioné sobre el sentimiento, el sentido inquebrantable que provoca la dignidad humana del otro, ya sea quién vence o quién ha sido derrotado en el conflicto; desde la perspectiva de quién gana o quién pierde.

Me da mucho gusto estar en Colombia en este momento tan significativo, y ser el primer presidente irlandés en oficio que visita este país con el cual tenemos una recíproca amistad que se ha venido fortaleciendo en la cooperación académica y cultural, y en nuestro compromiso con el proceso de paz colombiano.

La historia cultural entre Irlanda y Colombia se alimenta de nuestras relaciones diplomáticas formales desde 1999. Aunque nuestra geografía y nuestros viajes históricos sean tan diferentes, existen aspectos similares en la experiencia colectiva de los irlandeses y los colombianos. Un ejemplo es la lucha por la posesión de la tierra, tema en el que se concentró Irlanda durante los siglos XVIII y XIX, y hoy es una estructura importante para la visión de calidad de vida en Colombia. En el avance de una sociedad de pequeños latifundistas a una economía rural está incluida la migración e incluso la urbanización. Así vemos que la tierra es la fuente de cambios profundos tanto en Colombia como en Irlanda.

Como país europeo antiguo, que nunca ha tenido colonias, Irlanda siempre ha reconocido tanto la importancia global de las civilizaciones antiguas de este continente, como la sofisticación y simetría que lograron con la naturaleza y la agricultura antes de que las grandes colonizaciones provocaran su degradación con la extracción insaciable de minerales.

En el contexto del siglo XVIII, una generación de católicos irlandeses exiliados –a quienes se les había negado una oportunidad política y económica en su propia tierra– empezó a buscar en España y sus colonias cómo mejorar su condición vinculándose al comercio, la milicia y la administración; fue así como migraron hacia América Latina, y sus hijos y nietos empezaron a convertirse en figuras clave en el desarrollo político de este nuevo continente.

Los irlandeses empezaron a ser prominentes en Colombia a comienzos del siglo XIX, cuando cerca de 2.000 voluntarios arribaron para luchar en el Ejército patriota que comandaba Simón Bolívar. Dos de las más célebres figuras, Francis Burdett O’Connor y Daniel Florence O’Leary, sirvieron con distinción durante esas campañas que permitieron que Colombia dejara de ser una colonia española para transformarse en una república independiente.

O’Leary, nombrado lugarteniente de Bolívar después de la batalla de Boyacá, escribió un recuento monumental de 32 volúmenes sobre las guerras de Independencia, publicado entre 1879 y 1888, época en la que las guerras por la tierra estaban llegando a su periodo más intenso en Irlanda. Estas memorias fueron usadas luego por el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez en su libro El general en su laberinto.

En cuanto a mí, la última vez que visité Colombia fue en 2010. Formaba parte de una delegación de parlamentarios facilitada por la ONG Trócaire, que buscaba documentar, por medio de entrevistas, la realidad del conflicto armado colombiano en el campo y su efecto sobre las comunidades, con el fin de informarles a los irlandeses y a la Unión Europea acerca de la gravedad de la situación de los derechos humanos y humanitarios en este país. Queríamos entender cuáles habían sido las raíces del conflicto armado, la extensión de la pobreza, la desigualdad y los vínculos entre el desplazamiento forzado, la toma ilegal de tierras y el conflicto en términos de recursos naturales. Todo enmarcado en las posibilidades que había para alcanzar la paz.

Esperábamos aumentar nuestra conciencia y la conciencia internacional sobre la situación de las víctimas y su campaña por el acceso a la verdad, justicia y reparación. Visitamos la región de Buenaventura y las familias nos contaron historias tristes sobre personas desaparecidas, amenazadas y perturbadas por el maltrato y el desplazamiento. Los pobladores también se refirieron con repulsión a prácticas como los falsos positivos ejecutados por autoridades que, luego de asesinar habitantes, disfrazaban sus cadáveres con uniforme de guerrilla irrespetando no solo los cuerpos sino desacreditando a las familias en su comunidad.

Estas situaciones recientes hablaban de la terrible realidad de un conflicto que habían vivido generaciones en un país estructurado en profundas desigualdades. Los académicos nos contaban que en Colombia el 0,4 % de los terratenientes tenía el 61 % de la tierra rural, y solo el 1 % de la población tenía el 58 % de la propiedad urbana.

Los temas centrales en los conflictos de tierra resuenan en nosotros, los irlandeses, porque en la tierra se encuentra el centro de las peores atrocidades y los peores actos de violencia en nuestra confrontación de los siglos XVIII y XIX; incluso hasta la independencia y después de esta.

A pesar de las numerosas dificultades que las comunidades vivían en la época de nuestra visita a Colombia, me impresionó la iniciativa de organizaciones de la sociedad civil, grupos religiosos, ONG, sindicatos y defensores de los derechos humanos que buscaban paz y justicia, además de idear un acompañamiento humanitario a quienes habían sufrido las consecuencias del conflicto. Algunas de las víctimas nos pidieron generar conciencia sobre su contexto. Esto fue muy significativo, ya que en su nombre sostuvimos 36 reuniones con diferentes organizaciones e instituciones, incluyendo miembros del Gobierno, entre ellos el vicepresidente.

Después publicamos nuestro reporte y hubo un llamado a un mayor compromiso por parte de Irlanda y de la Unión Europea con Colombia, e incluso se hizo el nombramiento de un representante especial para la paz en el país de parte de la Unión Europea. 

¡Han pasado siete años! 

Este conflicto parece no tener solución, pensábamos como externos durante nuestra visita en 2010. Sus raíces eran tan profundas y el dolor del país tan intenso, que un nuevo espíritu parecía imposible ante el dolor de 220.000 personas asesinadas, 6.400.000 desplazadas, 11.000 mutiladas o asesinadas por las minas y 7.000.000 en la unidad de víctimas del Gobierno. Y en mi país sucedía lo mismo, la esperanza y el deseo de un futuro mejor se ejercitaron y prevalecieron.

En Irlanda entendemos las decisiones difíciles y dolorosas que implican la paz y la reconciliación. Los conflictos son diferentes y tienen elementos únicos, pero ponemos a disposición de Colombia nuestra experiencia en la construcción de paz de los últimos años.

Así mismo, la Unión Europea ha establecido un fondo fiduciario para apoyar los diferentes proyectos en Colombia, e Irlanda se ubica en el centro de este apoyo que tiene una profunda dimensión de ayuda humanitaria.

Tal como dijo el presidente Santos durante la entrega del Premio Nobel, “como la vida en sí, la paz es un proceso que tiene muchas sorpresas”. En Irlanda entendemos que estos temas no se resuelven de la noche a la mañana en un proceso lineal sencillo y que el compromiso de todos los actores es importante para que el premio mayor, que es la paz, valga la pena.

Resaltamos que después del resultado del plebiscito, el presidente Santos aceptó los resultados y llamó al diálogo nacional e invitó a los que se oponían al proceso a participar de manera constructiva. En Irlanda vivimos circunstancias similares durante el proceso de paz, pero lo digo una vez más: la flexibilidad es la amiga del éxito en la negociación, de ahí la importancia de la intensidad y la positividad con la que los actores comprometidos encaren el camino.

Sin embargo, nadie subestima los retos que implica la implementación del nuevo acuerdo en temas como el marco de justicia transicional, el desarme y el establecimiento de un ambiente seguro para todos los ciudadanos colombianos.

Es necesario poner en práctica las políticas negociadas. La voluntad conjunta debe permitir la discusión y construcción de nuevos métodos de economía global que enfrenten desafíos como el desarrollo sostenible y el cambio climático, además del comercio, la educación, la ciencia y la tecnología.

En esta época de crisis humanitaria global el mundo tiene mucho que aprender del proceso de paz en Colombia. La discusión sobre desplazamiento, desarme, reconciliación y posconflicto son muy importantes para todas las naciones.

Desde la década en que comenzó el conflicto en Colombia, en el mundo se han logrado más de 200 acuerdos de paz. Y si bien se debe tener cuidado para no hacer una comparación simplista entre los países y sus conflictos, ya que tienen particularidades, los obstáculos y retos que deben encarar quienes diseñan las soluciones son similares. Los procesos de paz, exitosos o fallidos, son guías en contextos diferentes. El día de la histórica firma del Acuerdo nos conmovió escuchar al presidente Santos decir que este logro se había inspirado en la experiencia de Irlanda del Norte. Otro caso de éxito fue el de Sudáfrica, pero es importante señalar que los resultados se logran luego de evaluar los propios fracasos e intentos por negociar la paz.

Déjenme expresar mi admiración inequívoca por quienes han participado en la negociación de este momento de esperanza y posibilidades para Colombia. Ha sido una lucha difícil y larga que requiere de voluntad para crear las bases sólidas de un mejor futuro, de emancipación del conflicto, de mirar más allá de las incompatibilidades y reemplazar la batalla armada por un espíritu de paz y reconciliación.

Debo destacar que el desarrollo del proceso de paz en Colombia ha sido innovador y es admirado en el mundo, ya que ha enseñado cómo un conflicto que parecía interminable recorre un camino con soluciones sostenibles. 

La paz duradera no niega las causas 

Se requiere un compromiso con las causas subyacentes del conflicto. El escritor colombiano William Ospina habla de la importancia de que todos los escritores traten de comprender los eventos del pasado en Colombia con el fin de capturarlos de manera memorable: 

Hay muchos relatos, muchas narraciones y muchos testimonios. Lo más importante será que todos tratemos de convertir en algo asimilable y en memoria lo que ha sido solamente tragedia, dolor y asombro. 

Un llamado general a la memoria no debe afectar ninguna forma de amnesia falsa o de acomodación, de conveniencia. No podemos traer de vuelta una persona asesinada ni restaurar una construcción, así que el acto de hacer memoria es una consecuencia ética inescapable, desde lo personal hasta la construcción de memoria colectiva. El compromiso con el pasado revela una negociación compleja de diferentes emociones por parte de quienes han sido afectados por un conflicto: cómo recordamos, perdonamos y olvidamos no es una tarea meramente académica. La escritora Hannah Arendt lo plantea desde la formulación de soluciones hasta el reto de vivir la paz, de cómo podemos cohabitar, dejar de lado lo que nos hace diferentes y ponernos en los zapatos ajenos para tener mayor empatía. El recuerdo no debe incapacitar la posibilidad del presente y el futuro, sino que, pese a lo doloroso que pueda ser, debe conducir al perdón y a liberar el dolor.

Esto me lleva al anuncio que se hizo desde La Habana en junio de 2014, cuando una declaración de principios marcaba un compromiso para garantizar los derechos de las víctimas a la verdad y a la justicia total. Fue un momento tan histórico como el acuerdo de la Jurisdicción Especial para la Paz.

Por primera vez las Farc y el Gobierno escucharon en detalle a las víctimas y se gestó tanto el deseo de clarificar la verdad sobre los hechos de violencia, como la responsabilidad de quienes los cometieron, lo cual conllevó a la formulación de una justicia transicional. También se articularon principios de una metodología sobre derechos de reparación y garantía de no repetición.

La decisión de escuchar los niveles de abuso que tuvieron que encarar 60 víctimas de violaciones de derechos humanos fue significativa, sin precedentes, y puso de relieve la necesidad de ubicar a las víctimas de todos los conflictos en el centro de las negociaciones.

Colombia le mostró al mundo que no puede haber una dicotomía oscura entre la justicia y la paz, y debe prevalecer la comprensión de las relaciones entre ambos objetivos. Una paz duradera debe garantizar que las causas principales que ocasionaron el conflicto se solucionen, o de lo contrario se perpetuarán injusticias intergeneracionales. La pobreza se deriva de la desigualdad y no debe ser analizada como parte de una cultura de clases o diferencias étnicas o lingüísticas, y así lo deben entender quienes han vivido en estas condiciones. Esta experiencia ha sido parte de la historia irlandesa.

Tampoco podemos olvidar que el testimonio de los testigos de primera mano y de los sobrevivientes del conflicto es lo que les permite a las nuevas generaciones entender la verdad de lo que ha sucedido, y, como una cultura antigua con una canasta oscura, los capacita para llenarla de vida en sus propios tiempos.

De hecho, el acceso a la verdad fue uno de los derechos que con toda razón reclamaron las víctimas en el proceso de negociación. La verdadera reconciliación exige mucho más que un acuerdo político y se basa en las experiencias de quienes han sido afectados por el conflicto.

Después de 20 años de nuestro acuerdo, en Irlanda la reconciliación sigue siendo un reto. La conciliación es una parte esencial en toda paz sostenible. Incluye reconocer que los dolores del pasado no se olvidan, pero el futuro está vivo y lleno de posibilidades que no han nacido. Así, el pasado no se debe disolver sino utilizar como un acto de imaginación y creatividad que se interponga a la memoria trágica presente y futura. El acto de perdón, sin embargo, no es sencillo y es necesario amar de manera ilimitada. Exige un alto nivel de generosidad capaz de trascender la venganza o la amargura para lograr una discusión verdaderamente reconciliadora. Lo muestra el reflejo exitoso de los procesos internacionales. 

El acuerdo de paz es una inversión social 

Colombia y su amarga lucha de 50 años muestra los costos de la distribución desigual de tierras: en un legado de desplazamiento interno, más de seis millones de personas han sido despojadas de sus territorios y muchos fueron obligados a buscar refugio en otras partes. En 2010, durante mi visita parlamentaria se nos informó sobre una importante reforma que se llevaría a cabo en 2011 a través de una ley de restitución de tierras. Cuando empezaron las negociaciones de paz se habló de una reforma rural integral que les restaurara a las víctimas sus derechos e impulsara una renovación radical de todas las condiciones sociales y económicas en las cuales viven más de once millones de colombianos.

La meta, como dice el Acuerdo, grosso modo es “transformar la realidad de la vida rural con igualdad, equidad y democracia”. Puede sonar ambicioso pero no se debe discutir como algo utópico, es necesario y se puede lograr; lo requieren los futuros colombianos, pero también los demás habitantes del planeta, ya que necesitamos crear nuevos modelos de conexión entre ecología, economía y ética. En América Latina hay un logro importante de esas simetrías. Al venir de Irlanda, con un millón de hectáreas de tierra arable, la escala de la ambición del Acuerdo colombiano con su compromiso de restitución y formalización de títulos de diez millones de hectáreas de tierra, en 12 años, es impresionante.

No solo es la visión de un proceso legal de reformas de tierra, sino una inversión social con base en principios de equidad, sostenibilidad, protección ambiental y dignidad.

También es destacable la conformación de una corte institucional rural que ayude con transparencia y se base en el Estado social de derecho para resolver los problemas de tierras.

El reto es inmenso para una reforma rural e integral. En Irlanda lo seguimos viviendo casi un siglo después de nuestra independencia. Ahora hay sociedades vibrantes, iguales y económicamente sostenibles, pero eso no es fácil de nutrir, y el legado tanto sicológico como físico del conflicto en Colombia hace que el desafío sea mayor.

El Acuerdo proyecta una visión en la que no solamente se trabajará por un pueblo sino por un sistema sostenible de producción y propiedad de la tierra, en el cual las mujeres, que han sido afectadas de manera desproporcionada, son muy importantes.

Flavia Pansieri, directora adjunta del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, reconocía que uno de los grupos más impactados por el conflicto armado en Colombia son las mujeres: 

En vista de esto, y porque constituyen la mitad de la población, es prioridad total incluir a las mujeres en los procesos de toma de decisiones, escucharlas y tomar sus posiciones sobre la paz, el desarrollo del país y las políticas públicas de derechos humanos. 

En Colombia las mujeres asumieron gran parte de la carga del conflicto como víctimas y como participantes en la reconstrucción de las comunidades afectadas por las atrocidades de la guerra. Un acuerdo sostenible requiere de su presencia, tal como se evidenció en la mesa de negociación. El acuerdo de 2014 para crear una subcomisión de género, que retó la exclusión histórica de mujeres en la construcción de la paz, fue importante para lograr un acuerdo final, pues estableció las bases para construir una sociedad inclusiva que respetara las voces de todos los miembros.

Tenemos que reconocer y felicitar el establecimiento de una subcomisión de temas indígenas y afrocolombianos. Su importancia se queda en mi mente por mi visita a Buenaventura en 2010. Creo que la subcomisión es única y su potencial es tan innovador que muchos países van a tomarla como ejemplo en procesos futuros.

En el caso de Irlanda, nuestra lucha por la paz logró un acuerdo importante (en 1998) que nos permitió construir una amistad profunda con nuestro vecino, el Reino Unido. Sin embargo somos conscientes de que nuestro proceso continuará hasta que el destino de reconciliación creativa y duradera se haya logrado.

Así que yo veo en el Acuerdo de Paz colombiano el profundo compromiso de los negociadores que escribieron durante cuatro años un texto complejo, ambicioso e inteligente, pero también una marca indeleble de los grupos de la sociedad civil colombiana.

Las organizaciones de mujeres, comunidades indígenas y afrocolombianas, campesinos, grupos de víctimas, entre otras, han contribuido no solo al Acuerdo sino también a la arquitectura del proceso de negociación en sí. Que yo sepa, este compromiso iterativo con la sociedad civil, con la negociación, es único y, como mencioné, particular por el establecimiento de las subcomisiones de género, base para las nuevas negociaciones de paz que vienen en todo el mundo.

En mi propia experiencia, de más de 40 años como legislador, senador, ministro y ahora presidente, he sido testigo de muchas de las transformaciones positivas en Irlanda, y que tienen su origen en el activismo de la sociedad civil, la igualdad total de hombres y mujeres, la protección de nuestro ambiente, la herencia cultural, el matrimonio igualitario y el avance de los derechos de la población lgbt, así como nuestra legislación contra la corrupción y en pro de la transparencia.

En este contexto, es evidente la naturaleza de la cálida relación que existe entre nuestras dos naciones, y sé que se puede profundizar no solo para recordar nuestro pasado o vidas actuales como ya lo dije, sino también para construir y compartir en conjunto un futuro rico en paz y prosperidad sostenible.

Irlanda quiere ser un puente entre Colombia y la Unión Europea, que contribuya a afianzar el desarrollo de sus conexiones, pero también que Colombia sea un puente entre Irlanda y Latinoamérica.

En este momento tan importante de la historia moderna, quiero desearles a los colombianos mis profundos deseos de una paz duradera y un futuro próspero e inclusivo. Nos da mucho gusto decirles que Irlanda, bilateralmente a través de la Unión Europea, seguirá contribuyendo al proceso de paz, y les digo a los líderes globales y a la gente de todo el mundo que aquí hay mucho que aprender de todo el proceso de reconciliación en Colombia.



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