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Fotografía histórica: la viuda de Koussevitzky, Gary Karr y el contrabajo Amati. En el cuadro de fondo, el dueño original del instrumento.

El contrabajista más importante del mundo estuvo en la UN

Nov. 07 de 2009

Por: Luis Miguel Palacio, Unimedios

“Esta mujer está loca”, pensó Gary Karr cuando la viuda de un famoso músico ruso le obsequió el contrabajo más codiciado y oneroso de la historia. ¿Qué haría con él? ¿Adónde lo llevaría?… Algún tiempo después, fue el mismo instrumento el que se encargó de llevar al joven contrabajista hasta el último rincón de la Tierra. Por estos días estuvo en la Universidad Nacional.

La historia de este músico americano nacido en Los Ángeles en 1941 parece ideada por un mánager de su ciudad natal capaz de inventar cualquier ficción asombrosa para convertir un provinciano desconocido en estrella pop. Un fantasma benévolo, una viuda misteriosa y un instrumento mítico de finales del siglo XVIII son el guión de la película perfecta. Cierto o no, las líneas que escriben la vida real de este virtuoso artista muestran cómo se convirtió en el contrabajista vivo más importante del mundo.

“Esto es algo serio, le habla la señora Koussevitzky –dijo la misteriosa voz femenina–, por favor, ¡venga a mi apartamento!”… Una vez Karr entró a la suntuosa morada, tuvo en frente el mítico contrabajo Amati que perteneció al contrabajista más importante de la primera mitad del siglo XX. La extraña dama era en realidad la viuda del músico y había decidido sin reparo alguno obsequiar el instrumento. “Ahora es tuyo”.

La noche anterior a la llamada, la señora Koussevitzky presenció el primer espectáculo como solista que ofreció Karr en el prestigioso Carnegie Hall de Manhattan. Mientras él tocaba, la dama afirmó haber visto la figura de su fallecido esposo aparecer en el escenario y abrazar el cuerpo viviente del incipiente músico. Al parecer, ella no necesitó otra señal para elegir al heredero del instrumento.

Karr, su hazaña

“Esto es mejor que el sexo”, dijo el pequeño Gary cuando logró extraer por primera vez un sonido torpe del contrabajo teniendo solo diez años. “Y si no lo dije”, expresa hoy Karr, “estoy seguro que lo pensé”.

Ese primer gran paso hacia la música no hubiera sido posible sin su abuelo Esaak Nadel, un viejo terco amante de Balzac y la música clásica. Mientras los padres de Karr se obsesionaban con la carrera de medicina para su hijo, el abuelo alcahueta, a escondidas, tomaba un cajón, lo volteaba y montaba a su nieto encima midiendo si era suficientemente grande para abrazar el instrumento que el niño de siete años deseaba tocar con ansias. Pero no fue tan fácil. “Tuve que esperar hasta los nueve años. Cuando finalmente crecí y pude tocar, sentí una conexión inmediata a través de las cuerdas ¡Esto es genial! ¡Esto es la vida!”.

En términos prácticos, la hazaña de Karr, al igual que su predecesor Sergéi Koussevitzky, es como si en la actualidad un comúnmente llamado “Guacharaquero” vallenato ofreciera conciertos como solista logrando atraer gran público fanático. Karr pudo hacerlo en el campo de la música clásica y sin duda alguna su retórica implacable le sirvió de aliada en el escenario donde habitualmente, antes de comenzar un concierto, decía: “Yo pensaba que podría ser un gran cantante…Pero tengo una voz terrible. Entonces tuve que encontrar otra forma de cantar y la bella melodía de este instrumento se convirtió en mi voz… Ahora el contrabajo cantará por mí”.

Fin de conciertos multitudinarios, una nueva vida

¿Qué tanto problema puede causar un contrabajo al momento de abordar un avión?... Según Karr, demasiado, pues su retiro de los conciertos públicos está ligado a lo complicado que puede ser un viaje con un instrumento tan voluminoso. “Las aerolíneas odian a los contrabajistas –dice–, las compañías musicales nos detestan porque según ellos les hacemos perder dinero y en los aeropuertos todo se convierte en una pesadilla. Fue así como en el año 2001 el artista norteamericano decidió no ofrecer más espectáculos multitudinarios.

Después de una agitada vida como solista viajando por más de 40 años con su preciado contrabajo, Karr huyó a Canadá en 1994 desde lo que considera el mundo asfixiante y materialista de los EE. UU., “donde todo el mundo piensa en ser rico y en idolatrar a Michael Jackson”, expresa el artista aduciendo que no había nada en Jackson de qué sentirse orgulloso. “La gente está obsesionada con él porque no parecía humano y los hacía escapar de la vida real”.

El contrabajista prefiere permanecer en su casa ubicada en la pacífica ciudad de Victoria, compartiendo la tranquilidad del retiro al lado de su pareja y pianista de toda la vida, Harmon Louis. Karr tiene su propio estudio de grabación donde gasta parte de su tiempo libre haciendo música muy lejos del mundo moderno, en el que, según él, la palabra clave es “seguridad”, cuando debería ser “tolerancia”.

Una vez al año sucede algo maravilloso en su casa. Los 13 contrabajos mudos que yacen esparcidos en la sala como si fueran la portada de un libro triste, son ocupados por estudiantes extranjeros que llegan en el mes de julio para recibir clases magistrales, cuyos sonidos invaden ese solitario bosque canadiense con las mejores melodías de la música clásica.


Karr en la UN

A los 58 años, Karr habla pausada y positivamente, muy lejos de un tono moralista: “Mi principal Dios es la belleza”, asegura el músico, quien además dice tener en su lista de dioses mentes brillantes como Einstein, Bach y Obama, quien para él fue capaz de invitar a una nación racista a abrazar, por un momento, el cambio.

El hombre que evita los aviones, finalmente aceptó tomar uno para venir a Colombia. Llegó a la Universidad Nacional para recibir un homenaje por su trayectoria. “Estoy sin palabras”, fue lo único que dijo ante el emotivo diluvio de aplausos que recibió en el Auditorio León de Greiff por parte de los estudiantes que sabían que Karr era el hombre capaz de convertir lo imposible en hechos reales.

Cuando, en 1967, dijeron que un encuentro de contrabajistas era como el show de un “gato” en solitario, él logró crear una sociedad que hoy cumple 49 años. Cuando al momento de su retiro todos pensaron que no volverían a ver al Amati del millón de dólares, Karr decidió donarlo en 2006 a los músicos del mundo. ¡Qué caja de sorpresas!
Ahora, las principales influencias de su vida han desaparecido del mundo físico. Solo quedan él y esa juventud dolorosa a la cual no le gusta mirar cuando pensaba que era el único hombre enamorado de los hombres sobre la faz de la Tierra. Nos quedará su música y sus 13 contrabajos solitarios que hoy están forrados en el frío canadiense.



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