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Política & Sociedad
La historia reciente de la Iglesia católica en Colombia no puede rastrearse sin una referencia puntual a la guerra y la paz. foto: Rodrigo Sepúlveda-Héctor Fabio Zamora/archivo El Tiempo

La historia reciente de la Iglesia católica en Colombia no puede rastrearse sin una referencia puntual a la guerra y la paz. foto: Rodrigo Sepúlveda-Héctor Fabio Zamora/archivo El Tiempo

El papel de los obispos colombianos en la paz

Jul. 29 de 2017

Por: Laura Camila Ramírez Bonilla,
Doctora en Historia, El Colegio de México (Colmex)

En las últimas tres décadas, el trabajo eclesiástico en la búsqueda de una solución al conflicto armado interno se convirtió en una nueva “fuente de sentido” que definió, en gran medida, el cómo y el para qué de la presencia de la Iglesia católica en la esfera pública colombiana.

El pasado 27 de junio, en Mesetas (Meta), los últimos contenedores con el armamento que las Farc entregaron a las Naciones Unidas fueron cerrados por monseñor Luis Augusto Castro y el padre Francisco de Roux S.J. El acto era histórico y simbólico, pues representaba el desarme y la extinción de la guerrilla más longeva del continente, al tiempo que hacía un reconocimiento público a la labor de estos religiosos en la construcción de paz.

La participación de la Iglesia en la paz remite, entre otros, a un mandato pontificio y conciliar: las encíclicas Pacem in terris de 1963 y Populorum Progressio de 1967, o la constitución Gaudium et spes de 1965.

En Colombia, el momento de mayor activismo eclesiástico en este campo se cruzó con el arribo de una Constitución que definió como derecho fundamental la “libertad de culto y conciencia”. El Estado laico de 1991, que rompió con el monopolio religioso y la “nación católica” proclamada por la Carta Política de 1886, garantizó la separación de la esfera política de la religiosa y el derecho de los ciudadanos a profesar la fe de su preferencia. El nuevo estatus reñía con la histórica intervención de la Iglesia católica en la vida política del país y sus privilegios frente a otras confesiones.

¿Por qué un Estado laico admitía que una institución religiosa interviniera en un asunto de carácter político, de Estado, como la paz? Las explicaciones posibles remiten a la forma como se han relacionado Estado, sociedad e Iglesia en la historia colombiana, los influjos del Concilio Vaticano II y el interés de la institución eclesiástica por recuperar espacios constitucional y socialmente perdidos en las últimas décadas. 

Contradicciones del cambio religioso 

Mediante un recorrido histórico entre 1994 y 2006, el libro Entre altares y mesas de diálogo: el episcopado colombiano en acercamientos de paz con grupos armados ilegales (1994-2006), publicado por el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri), de la Universidad Nacional de Colombia, se concentra en la actividad y el discurso episcopal, tanto como cuerpo colegiado –con diversidad de posturas internas–, como por las experiencias individuales de obispos con una trayectoria propia en la guerra y la paz.

La narrativa histórica rastrea las percepciones y controversias que generó esta participación entre actores políticos y sociales, además de los contrastes que supuso el trabajo en las regiones, en contextos rurales, y los retos de las ciudades. Se trata de un itinerario con matices.

Durante el periodo estudiado, las iniciativas de paz de la Iglesia se cruzaron con la injerencia de algunos obispos en el debate político nacional, como el Proceso 8.000 de Ernesto Samper, las elecciones, la corrupción, la parapolítica o las concepciones sobre el conflicto armado.  En este proceso la institución eclesiástica también ha sido blanco de la violencia, pues algunas de sus cifras muestran que entre 1984 y 2007 fueron asesinados 77 religiosos, 63 amenazados, 33 secuestrados y 14 heridos.

Entre 1994 y 2006 la Iglesia católica conservó una imagen favorable del 60 % y el 70 %, según las encuestas anuales de Invamer Gallup. Se trata de una de las instituciones con mayor nivel de confianza entre los ciudadanos, pese a escándalos como la pederastia o sus desórdenes financieros. Sin embargo, durante este periodo también se vio fortalecido el pluralismo religioso.

Según el Pew Research Center, los colombianos pasaron de ser católicos en un 91 %, a mediados del siglo XX, a serlo en un 74 % en 2014. Las paradojas se multiplican, ya que pese a la disminución de católicos, ocho de cada 10 colombianos se consideran religiosos, como lo muestra la encuesta mundial de WIN/Gallup International; en el ranking, el país ocupa la primera posición en América Latina. ¿Qué explica que una población “tan religiosa” presente por décadas una tasa de homicidio superior al promedio de la región?

El tema exige una reflexión exhaustiva sobre las transformaciones del mapa religioso y los valores de los colombianos. Igualmente remite a los desafíos que el mundo contemporáneo le plantea a las instituciones religiosas frente al uso de la violencia –en nombre o no de Dios– y las consecuencias de la guerra. 

Desafío a la laicidad 

Dentro del estudio realizado se muestra la capacidad efectiva que en los años noventa tuvo la Iglesia católica para resolver problemáticas puntuales del conflicto y la paz en Colombia –liberación de secuestrados, atención a víctimas, desbloqueo de diálogos, entre otros–, llenando espacios que instancias estatales y de la sociedad civil no siempre lograron ocupar, sin dejar de poner en tensión la separación de la esfera religiosa de la política.

La vigencia de la institución en el tema es una realidad que, en los próximos años, aludirá a cuatro controversias: primera, acompañar la implementación del Acuerdo Final de Paz y la consolidación del posacuerdo. Segunda, la “neutralidad” que los obispos adoptaron frente al plebiscito del 2 de octubre de 2016 –en contraste con los dos millones de votos que movilizaron iglesias evangélicas en rechazo al Acuerdo Final de Paz– demanda una mayor reflexión en torno a si el episcopado debió hacer campaña por el “Sí”, o si dejar en libertad a los católicos fue una actitud respetuosa del Estado laico. Tercera, la participación eclesiástica en el actual proceso de paz con el ELN en Quito y su aporte puntual a las mesas de participación de la sociedad civil.

Y cuarta, es de esperar que la visita del papa Francisco a Colombia, del 6 al 10 de septiembre, tenga un tono político ligado a los retos de la paz. No hay que olvidar que el pontífice “condicionó” su presencia en el país a la aprobación del plebiscito por la paz.

El recorrido histórico permite identificar tiempos de cambio, tanto para las dinámicas de la guerra como para el tipo de presencia de la Iglesia en la sociedad. Se trata de un actor religioso cambiante y diverso que controvierte la laicidad del Estado a la vez que busca dialogar con ella y sus transformaciones; un agente que desborda la esfera espiritual y privada de la fe mientras resuelve problemas humanitarios y distensiona procesos sociopolíticos ligados a la guerra y la paz. De esta manera, sirve como ejemplo de la fuerte relación religión-política en la historia de Colombia.



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