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Patrimonio

Facultad de Derecho: biografías memorables

Sep. 07 de 2013

Por: Luis Carlos Colón,
Profesor de la facultad de Artes - Universidad Nacional de Colombia

Desde la crítica poética de Neruda a Laureano Gómez, hasta los hechos que llevaron a la renuncia de Rojas Pinilla tuvieron como escenario los muros de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la UN en Bogotá. En una serie de ocho reportajes, UN Periódico mostrará el valor patrimonial de edificaciones representativas de la Institución, destacando su relación con la historia educativa, cultural, política, social y económica del país. Este proyecto denominado Activación y Apropiación del Patrimonio Arquitectónico (APA) es apoyado por la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura.

Los edificios, a su modo, también cuentan con su propia biografía. Una que no consiste solo en narrar como fueron concebidos y construidos, o las sucesivas reformas que han sufrido, sino una que los sitúa más allá de simples objetos para convertirlos en hechos sociales.


Y así como la biografía de un sujeto no solo es una muestra de los hechos que le sucedieron en vida sino del momento histórico en el que vivió, la de un edificio sería bastante incompleta si no incluyera algo de la historia de las generaciones que lo han habitado y que han contribuido a darle significado.

El de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Colombia, al igual que otros edificios de la misma época construidos en la Ciudad Universitaria, es paradigmático de un momento singular de la historia del país.

Este campus, obra proyectada en el primer Gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934-1938) –periodo en el que se inició su construcción–, constituye una de las más importantes infraestructuras educativas erigidas en la historia reciente del país. Su propósito fue renovar el modelo de institución educativa que existía hasta entonces.

Su concepción no solo estuvo vinculada con la idea de construir una nueva sede para las distintas dependencias que funcionaban dispersas y desarticuladas por la ciudad, sino también con convertirse en la respuesta a las preguntas –que se había planteado el Gobierno– sobre qué debía ser en ese momento la Universidad y cuál debía ser su misión en su tiempo.

Si la educación era un puntal para cambiar la estructura social y económica del país, la Universidad tenía un papel fundamental: la formación de profesionales y la producción de conocimiento para incidir en la sociedad.

La reunión en un solo campus de las escuelas y demás dependencias que formaban parte de la Institución tenía como propósito reorganizarla orgánicamente y otorgarle un nuevo estatuto mediante el cual pudiera ejercer derechos como autonomía, libertad de cátedra y participación de los estudiantes en los consejos directivos. Bajo este ambicioso ideal fue concebido el edificio de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas. 

Espacio innovador 

El autor del proyecto fue Alberto Wills Ferro quien, en el año 1932, fue uno de los primeros graduados del recién creado Departamento de Arquitectura de la Facultad de Matemáticas e Ingeniería de la Universidad Nacional, en un momento en que la arquitectura era aún una rama de la ingeniería.

Con el propósito de completar su formación, Wills continuó sus estudios de arquitectura en grado de maestría en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Su trabajo, durante casi diez años (entre 1932 y 1941), en la Sección de Arquitectura de la Dirección de Edificios Nacionales en el Ministerio de Obras Públicas, le permitió diseñar un gran número de edificios públicos.

A través de estos tuvo la oportunidad de experimentar con el uso de diferentes materiales y, por supuesto, de diferentes estilos. La Dirección de Edificios Nacionales ha sido considerada, en este sentido, un laboratorio de experimentación para la búsqueda de la modernidad en arquitectura.

La arquitectura del momento 

El edificio de la Facultad de Derecho puede ser considerado, al igual que otros construidos en este periodo en la Ciudad Universitaria, como un paso en la búsqueda de un estilo moderno adaptado a las condiciones del país.

Unos años antes, en 1932, Wills se había graduado con un diseño para la Biblioteca Nacional que
tuvo dos versiones muy diferentes. La primera con rasgos derivados de la arquitectura colonial: cuatro torres, miradores en las esquinas, tejadillos de teja de barro sobre las ventanas, y estas con arcos de medio punto; además, arcadas soportadas por columnas en espiral, rejas de forja, balcones, balaustradas, en fin, todo un repertorio que más tenía que ver con un convento colonial que con una biblioteca del siglo XX.

La segunda es la que, en efecto, se construyó y conocemos hoy, con un estilo menos adornado, que es calificado como decó. El autor exploró otros trazos que aplicó a edificios tan diversos como hospitales, cuarteles y escuelas. Esto tenía que ver con la preocupación, común en los arquitectos de la época, por definir un estilo apropiado para cada construcción e, incluso, con la posibilidad de crear un ‘estilo nacional’ como se llegó a clamar en algunos círculos del gremio.

El edificio de Derecho y otros construidos en los primeros años del Campus tienen una serie de rasgos en común que claramente debieron ser acordados por el grupo de arquitectos del Ministerio de Obras Públicas.

Formas simples, fachadas sin decorados y volúmenes a la manera de grandes pabellones, con grandes ventanas que permitieran la iluminación y la ventilación natural de sus espacios. Además, muros revocados y pintados de blanco que le darían el nombre de “ciudad blanca”. Pero si la apariencia exterior podía resultar, con seguridad, novedosa para los usuarios, sus espacios interiores debieron resultar aún más sorprendentes por la amplitud.

La vida del edificio 

Si bien, la concepción de la edificación había estado vinculada con un hecho sin precedentes en la historia del país, una vez inaugurado, comenzó a tener vida propia.

Sus espacios se llenaron de profesores y estudiantes que le imprimieron una rutina cotidiana definida por el calendario académico. La educación superior, que tradicionalmente había sido patrimonio masculino, desde el año 1933 se convirtió también en un derecho de la mujer. Así, poco a poco, se respiraba un ambiente más igualitario en el campus.

Podemos suponer que en el vestíbulo y sus pasillos se podían encontrar con frecuencia personajes de las más diversas ideologías que comenzaban a ser parte de la vida nacional, como Jorge Eliécer Gaitán, Antonio Montaña Cuéllar, Alfonso López Michelsen, Darío Echandía y Gerardo Molina, entre otros, quienes fueron profesores de la Facultad.

Con el paso del tiempo, los diferentes espacios se han cargado de significados, no solo por los hechos que allí se han vivido, sino por otros eventos que han sido considerados significativos por las generaciones que han pasado por allí.

De esta manera, el aula máxima –que presenció innumerables debates de reconocidas figuras nacionales y en la que se veló el cuerpo del estudiante Uriel Gutiérrez Restrepo en el año 1954, entre otros hechos– recibió años más tarde el nombre de Aula máxima Camilo Torres.

La biblioteca fue consagrada a la memoria del profesor Arturo Valencia Zea, un aula recibió el nombre del estudiante Luis Alberto Parada Pedraza y, el año pasado, el edificio de la Facultad fue nombrado Jaime Pardo Leal, en memoria de los 25 años del asesinato del líder de la Unión Patriótica.

Estas y otras inscripciones que se encuentran en los muros del edificio, hacen de él, probablemente, entre todas las edificaciones del campus universitario, el que más testimonios acumula para rendir tributo a un conjunto de personas por fuera de la memoria oficial, pero que forman parte de la historia turbulenta del país.



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