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Artes & Culturas

Histórica laxitud del sistema judicial con los crímenes pasionales

Jul. 29 de 2017

Por: Juan Francisco Molina Moncada, Unimedios Bogotá

En la Colombia que transitaba entre el siglo XIX y el XX, estos asesinatos eran excusados o castigados con penas mínimas. Aunque la legislación ha cambiado, tanto el fenómeno como algunas justificaciones morales siguen vigentes, sobre todo cuando la víctima es una mujer.

María Teresa Gamboa no “pertenecía” a la Bogotá de 1916: se enfrentó a una sociedad patriarcal, marcada por el legado cultural de la Colonia y por la gran influencia de la Iglesia católica. Al terminar su noviazgo con Ruperto Pérez quería disfrutar del sueldo que ganaba como ayudante de sastrería, de la libertad de no vivir con sus padres, de no tener pareja, o, mejor dicho, de un hombre al que servir.

Por el contrario, Ruperto estaba convencido de que si María Teresa no era suya no iba a ser de nadie más, por lo que planeó su muerte. Alquiló una habitación en el Pasaje de la Flauta, hospedería ubicada en el centro de la ciudad, y la invitó para que hablaran. Allí le dio a beber un vino envenenado que no tuvo efecto, y al percatarse de ello la asfixió con las sabanas de la cama. Después de cometer el delito se dirigió al Salto del Tequendama, donde intentó suicidarse pero falló en su cometido y terminó presentándose ante las autoridades. “La amaba”, respondió cuando le preguntaron por qué la había asesinado.

En el juzgado no se siguieron las disposiciones del artículo 615 del Código Penal de 1890, según el cual un parricidio y un uxoricidio –así se le llamaba a los crímenes pasionales– eran delitos graves, merecedores de la pena máxima de 20 años. Los abogados de Ruperto lograron reducir la condena a apenas seis años, aludiendo que su cliente no estaba en pleno uso de razón, pues además de estar “sometido” por los celos y “preso del intenso dolor” había sufrido un ataque epiléptico, lo cual se consideraba como un problema mental.

Este episodio, conocido como “El crimen del Pasaje de la Flauta”, es uno de los 50 casos estudiados por Óscar Armando Castro López, doctor en Historia de la Universidad Nacional de Colombia (UN) Sede Bogotá, quien analiza cómo se abordaban los homicidios entre parejas o amantes en el contexto de dicho Código Penal, el cual estuvo vigente hasta 1936.

El historiador se percató de que por entonces existía un sistema judicial sin sustentos forenses. La disciplina no se había desarrollado del todo en el país y en ocasiones los levantamientos de cadáveres eran realizados por autoridades civiles, o incluso por párrocos. Tampoco se contaba con el apoyo de áreas como la psiquiatría, que en aquel momento no se había consolidado.

De igual manera, el sistema se apropió de la corriente positivista del derecho, es decir que supuestamente ponía por delante la evidencia otorgada por la razón y el método científico. Esto dio pie a que varios crímenes pasionales fueran absueltos, o a que las penas se redujeran de manera significativa, pues se pensaba que una persona influenciada por los celos, la ira y el intenso dolor no era consciente de sus actos, no actuaba en sus cabales. La balanza se inclinaba a favor de los hombres, considerando además las valoraciones morales de una época en la que lo más importante era preservar y defender el hoy cuestionado honor masculino.

“La gente aprobaba en coro que un hombre matara a la mujer infiel, pues de lo contrario era considerado como un cornudo y un débil”, explica Pablo Rodríguez Jiménez, profesor del Departamento de Historia de la UN y director de la tesis, quien agrega que la investigación ilustra la edad dorada de la inimputabilidad del crimen pasional, que fue perdonado hasta los años setenta.

En ese sentido, la historia busca dar respuestas para comprender una situación que sigue vigente: en 2016 se presentaron 120.154 denuncias por violencia doméstica, con un incremento del 16 %, y en mayo de 2017 se habían contabilizado 204 feminicidios, 24 en manos de parejas o exparejas.

La profesora Myriam Jimeno, del Departamento de Antropología de la UN, quien ha trabajado en el tema y fue jurado durante la sustentación del trabajo doctoral, menciona que “conocer la historia es una forma de evitar que las malas conductas se repitan tanto en el presente como en el futuro. Es una manera de llevarnos a repensar la idea de que la mujer es propiedad del hombre, algo que aún pesa en nuestra sociedad. A partir de esta reflexión, sigue siendo necesario sentar una igualdad en las relaciones amorosas”.

Los académicos coinciden en que dichos estereotipos siguen vigentes, lo cual se puede ver, por ejemplo, en las respuestas de una muestra de 237 mujeres campesinas encuestadas por la Universidad de La Sabana en 2015, en la que el 50 % de ellas justificaba el maltrato cuando la víctima “se lo merecía”.

Basados en el chisme

Detrás de un manuscrito de más de 500 páginas hay ocho años de investigación, con jornadas de trabajo de lunes a viernes en las que el doctor Castro desempolvaba no solo expedientes judiciales sino también artículos de prensa y tesis de grado.

Él caracterizó cada uno de los 50 casos cuya información fue procesada a través del Atlas.Ti 6,2 y el MSA, programas informáticos especializados en el cruce de datos cualitativos.

Con dicha información fue posible determinar las tendencias mencionadas y otras que surgieron a lo largo del camino. Así, el historiador observó que buena parte de los casos de infidelidad ni siquiera eran comprobados, sino que se basaban en chismes. Por ese motivo, el político liberal Jorge Zawadzky mató en Cali a Arturo Mejía Marulanda, médico de la familia, quien supuestamente tenía un amorío con su esposa Clara Inés.

También determinó que muchos de los asesinatos se cometían con arma blanca u objetos contundentes como palos o piedras, aunque se registraron episodios en los que los asesinos usaron escopetas que fueron reducto de la Guerra de los Mil Días. Así mismo, en reiteradas ocasiones el homicida estaba bajo los efectos de la chicha o del guarapo.

Las mujeres también mataron. Por ejemplo, en 1925 Soledad Agudelo asesinó en pleno centro de Bogotá a un hombre que días antes la llevó a una cantina, la embriagó y luego abusó de ella. Posteriormente fue absuelta.

La investigación que reconstruye los casos con la mayor cantidad de fuentes posibles, en definitiva le da la razón al propio Miguel de Cervantes Saavedra cuando dijo que “la rabia de los celos es tan fuerte que fuerza a hacer cualquier desatino”.



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