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Especial Educación superior

Investigación, brecha entre desarrollo y periferia

Apr. 13 de 2013

Por: Sandra Uribe Pérez, Unimedios

A pesar de su visible crecimiento en los últimos veinte años, la investigación nacional está rezagada frente a la de otros países de América Latina. La inversión sigue sin sobrepasar el 0,5% del PIB y las regalías para el sector de ciencia, tecnología e innovación no son suficientes. Para que el sistema funcione se necesitan recursos y políticas claras.

Cuando se examina la economía de los países desarrollados, se observa que incorporan a su modelo productivo la investigación científica y tecnológica, así como la innovación. Parte de su secreto está en comprender que impulsar las capacidades científicas es una tarea de largo plazo que, además, requiere una sólida apuesta de Estado.

En la región, naciones como Brasil, México, Argentina y Chile llevan la delantera. Mónica Salazar, directora del Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología (OCyT), sostiene que el país está rezagado desde cualquier perspectiva (véase gráfica 1).

Sin embargo, ha evolucionado notablemente desde hace veinte años. Según Rafael Molina, profesor del Departamento de Química y exvicerrector de Investigación de la Universidad Nacional de Colombia, ahora es más visible y la comunidad se ha consolidado, pero el impulso todavía es muy incipiente.

Hay quienes ven el panorama con optimismo, como el físico Eduardo Posada Flórez, director de la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia (ACAC). Para él, en los últimos años, el país ha crecido mucho en este aspecto y la producción de artículos científicos se ha multiplicado; lo que lo sitúa en una posición mejor, por lo menos en ciertos indicadores.

Carl Henrik Langebaek –vicerrector de Investigaciones de la Universidad de los Andes–, ve el panorama “entre regular y malo”.

Para dar una idea del atraso, señala que el porcentaje del producto interno bruto (PIB) que Colombia invierte en ese sector (0,46%) se encuentra “entre los más bajos del continente” (véase gráfica 4); y contrasta dicha situación con la de Brasil, que invierte el 1,62% de su PIB y cada año y medio gradúa una cantidad igual de doctores al número que Colombia tiene en su totalidad (según datos del OCyT, el total de doctores colombianos, al 2011, era de 7.129) (véase gráfica 2). 

El SNCyT y las regalías 

Langebaek se declara “moderadamente optimista”, siempre y cuando las universidades de calidad y los académicos ejerzan una veeduría del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología (SNCyT) y del Sistema General de Regalías, para que esta inversión, que es grande, salga bien.

Aunque actualmente se cuenta con un promedio de 800.000 millones de pesos al año por concepto de regalías, para él, el problema no siempre es de dinero: “Por supuesto que necesitamos más recursos, pero también políticas. La plata sin políticas no funciona”.

En ese sentido, añade que las regalías constituyen una valiosa oportunidad que puede tener efectos positivos si se encauzan bien. Pero insiste en que no pueden volverse una excusa para reducir el presupuesto de Colciencias.

El profesor Molina subraya que, justamente, los recursos netos de Colciencias –aunque han disminuido– son los que han mantenido dinámica a la comunidad, pues hacer ciencia básica es el fundamento de cualquier avance tecnológico.

Dado que esos dineros son insuficientes para poner al país en la frontera del conocimiento, hay que aprovecharlos al máximo. Por eso, se hace necesario blindarlos de intereses políticos y regionales.

La directora del OCyT indica que otras naciones de América Latina también financian el desarrollo científico y tecnológico con regalías, pero con diferentes esquemas de distribución y aprobación. Y aclara que, en Colombia, dichos dineros conllevan tanto oportunidades como riesgos y que los resultados no se van a ver a corto plazo.

Entre los riesgos de un mal manejo, el profesor Langebaek advierte que podrían debilitarse la investigación básica y las inversiones que ha hecho el Estado en la formación de doctores con criterios de la más alta calidad.

Los vacíos del sistema son muchos, por ejemplo, “en términos de la cantidad de recursos humanos de alto nivel y de la infraestructura indispensable para llevarla a cabo”.

Para Salazar, esto se refleja en los resultados obtenidos, tanto en número de publicaciones y patentes como en otros resultados de innovación (véanse gráficas 1 y 3).

Sin embargo, el profesor Molina sostiene que las grandes universidades colombianas hacen diversos esfuerzos por mantener la dinámica investigativa, en espera de una verdadera apuesta del Estado.

Y esta no consiste en haber promulgado una segunda ley ni en tener a Colciencias. Se trata de saber medir en tiempo real las capacidades que está construyendo el país en materia de CT+I, de articularlas con las necesidades nacionales en un mundo globalizado y de aportar el dinero que se requiere para su desarrollo. 

Posgrados 

Para consolidar el sistema nacional, también es vital crear programas de posgrado, asegura Alexánder Gómez, actual vicerrector de Investigación de la UN.

“Solo llevamos veinticinco años de doctorados, somos nuevos en esto”, dice Molina. De haberse cumplido el plan trazado por la Misión de Sabios de los años noventa, ahora estaríamos llegando a invertir el 2% del producto interno bruto (PIB) y tendríamos 40.000 doctores y grandes centros científicos. A la fecha, el país tiene 155 programas de doctorado (de esta cifra, 54 son de la UN, es decir, el 34%) (véase gráfica 2).

Por ahora, según Langebaek, tenemos serios retos en investigación básica –imprescindible para adelantar la aplicada– y en cuanto a la pertinencia de los doctorados: “Colombia no saca nada teniendo cada vez más doctores que cada vez tienen menos oportunidades de financiación. Eso no tiene sentido. Debe haber una inversión proporcional”.

Para lograr un alto nivel, el profesor Molina precisa que la formación debe darse en ambientes de construcción crítica que permitan tener elementos para transformar y no solo para repetir. Para él, los doctores deben contribuir a la comprensión, a formular propuestas, a plantear hipótesis y preguntas, a solucionar problemas y a producir conocimiento.

En ese sentido, las vicerrectorías de investigación de las universidades, de reciente creación (una de las de mayor trayectoria es la de la Universidad de Antioquia, creada en 1994), son el resultado de la conciencia de que ella requiere gestión. No es suficiente con que los investigadores se muevan por su cuenta. Debe haber un compromiso institucional de apoyo a la vocación, asegura Langebaek. 

Grupos de investigación 

El modelo de evaluación de los grupos de investigación ha tenido efectos positivos. “Se han podido identificar los de excelencia, y es bueno que se midan permanentemente”, expresa. No obstante, advierte que, al mirar las cifras de grupos (12.774 registrados y 8.442 avalados en Colciencias, a 2012), resulta que en Colombia hay más que en Alemania, “un autoengaño muy grande”.

Una política estatal debe reconocer mecanismos como la acreditación y los grupos de Colciencias. Y debe apoyar a los de excelencia, para que, más allá del reconocimiento, estos se consoliden, constituyan proyectos de largo plazo y ayuden a conformar otros.

Tanto Molina como Langebaek recuerdan una afirmación que el profesor Moisés Wasserman, exrector de la UN, hizo en una de sus columnas de El Tiempo: hay que “financiar lo impertinente y los proyectos de largo plazo”. 

Publicaciones y patentes 

El vicerrector de Investigación de la UN resalta que las universidades, gracias al avance de sus sistemas de investigación, han aumentado su número de publicaciones nacionales (466 revistas indexadas en Publindex a 2011) e internacionales. Pero insiste en que aún se debe trabajar en incrementar su impacto.

Además, agrega, es necesario ampliar el número de investigadores para alcanzar, al menos, los estándares de los países latinoamericanos más desarrollados. La tarea, a nivel internacional, es un conseguir un mayor y mejor impacto cualitativo, así como un mayor nivel de distribución y citación.

En cuanto a patentes, el profesor Eduardo Posada manifiesta que estamos muy mal en indicadores (1,1 por cada millón de habitantes, según el Foro Económico Mundial). Sin embargo, argumenta que no se puede considerar que la patente sea el principal indicador de la actividad económica. Una internacional es muy costosa y hay que examinar bien si se va a recuperar la inversión.

De todos modos, propone profundizar la cultura de la innovación en las empresas, para que empiecen a darse cuenta de que hacer tecnología propia es un magnífico negocio: “el mal negocio es comprarla por fuera”. Al respecto, es indispensable fortalecer la relación universidad-empresa. 

El liderazgo de la UN 

Durante la última década, la Universidad Nacional de Colombia ha hecho un gran esfuerzo institucional para fortalecer su función investigativa. “Tenemos presencia en todos los departamentos del país y realizamos más de cinco mil proyectos de extensión (labores de educación continua, consultoría, proyectos de investigación aplicada), contratados por diferentes instituciones y entes del nivel nacional”, afirma el profesor Gómez.

Asimismo, ha dirigido sus labores a articular sus capacidades internas, su experiencia y su conocimiento y a acercarse a los problemas nacionales.

Un ejemplo de ello es el Centro de Pensamiento y Seguimiento de los Diálogos de Paz. “Se trata de una muestra de que tenemos un valioso capital intelectual ya desarrollado que está dispuesto a ayudar a solucionar los grandes problemas y conflictos del país”, destaca.

Otro esfuerzo enorme ha sido el de organizar el sistema de información. “Con las agendas del conocimiento (una visión compartida de futuro para establecer temas estratégicos de investigación como recursos minerales y materiales, ambiente y biodiversidad, energía, ciencias agropecuarias y desarrollo rural, entre otras) ya podemos dar un inventario de nuestras capacidades, del capital humano, de las redes, de los grupos, de la manera como trabajan esos grupos, de lo que producimos, del tipo de conocimiento que estamos generando y de los artículos, procesos, patentes y transferencias de conocimiento a la sociedad”, sostiene el vicerrector.

Al decir del profesor Guillermo Páramo, exrector de la UN, “este país necesita mentes grandes para pensar un país grande y complejo”. Pero, si no hay una apuesta real del Estado por la educación, seguiremos con mentes pequeñas y con una nación convulsionada.



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