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Hiel y Maíz (instalación). Fragmentos de cabezas contemporáneas modeladas en maíz y cubiertas en parte con hiel, sustancia orgánica sinónimo de amargura. foto: Salvador Lozano

Hiel y Maíz (instalación). Fragmentos de cabezas contemporáneas modeladas en maíz y cubiertas en parte con hiel, sustancia orgánica sinónimo de amargura. foto: Salvador Lozano

Economía intervenida (video). Las páginas de un directorio empresarial de Houston (EE. UU.) pasan, mientras reciben hojas de coca y hojas doradas como metáfora del movimiento de valores que genera el comercio de las drogas. foto: Wilmar Lozano

Economía intervenida (video). Las páginas de un directorio empresarial de Houston (EE. UU.) pasan, mientras reciben hojas de coca y hojas doradas como metáfora del movimiento de valores que genera el comercio de las drogas. foto: Wilmar Lozano

La hoja de coca entre dos visiones

Aug. 19 de 2017

Por: M. Belen Sáez de Ibarra,
directora, Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional de Colombia

La obra El Camino Corto, resultado de la exposición que lleva el mismo nombre, intenta romper la confusión entre coca y cocaína que ha terminado por tergiversar su uso ancestral y su relación con la organización social y la dignidad de buena parte de la cultura suramericana aún viva.

Trabajar con el artista Miguel Ángel Rojas ha sido un proceso que ha enriquecido la perspectiva política del Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia (UN). El proyecto “El Camino Corto”, que se desarrolló tanto en Bogotá en 2012, como en “La tallera” de La Casa Siqueiros en México, en 2014, reúne los ingredientes fundantes de uno de los proyectos de investigación más importantes del Museo, y que se viene desarrollando desde entonces: “Selva cosmopolítica“.

Por medio de dicho proyecto intercultural se ha abordado el paisaje del territorio geopolítico como lugar de conflicto y de resolución de problemas; como relación atávica de nuestras culturas con la naturaleza sagrada de la vida, y como la visión cosmopolítica de la reflexión y el agenciamiento del pensamiento y de la acción.

La reciente edición de El Camino Corto recoge entonces dos de las preocupaciones más punzantes en el trabajo de Rojas: el tema indígena y la hoja de coca. Sobre esta última, se centra en su utilización para pintar y vivificar los paisajes del conflicto sobre el territorio en el contexto de la tergiversación de su uso ancestral, a través de la cual es convertida en cocaína, para formar parte de una enorme máquina productora de billetes verdes que contribuyen a destruir la vida, los usos, las costumbres y la naturaleza. Es una modificación del paisaje cultural, de la ocupación de la tierra; y es asimismo la suplantación de la naturaleza por la devastación y la muerte.

Sobre el narcotráfico se han escrito millones de páginas; de él se han ocupado cineastas, novelistas, documentalistas, politólogos, políticos y artistas. Pero si nos fijamos con cuidado, muy poco se ha escrito sobre la hoja de coca, ni se ha hablado de su uso ancestral sagrado y su relación con la organización social y la dignidad de buena parte de la cultura suramericana aun viva. Muy pocas obras de arte han tenido esta mirada.

Sin embargo el artista Rojas lleva más de dos décadas en ello, para lo que ha utilizado la propia hoja de coca manipulándola de muchas maneras, algunas veces recurriendo a técnicas inventadas por él mismo, y otras veces emulando los procesos que ancestralmente se vienen sucediendo en las culturas indígenas. Con la hoja de coca, que es pigmento y materia, pinta paisajes y escenifica territorios del conflicto en grandes instalaciones del espacio que aluden al racismo y a la persecución simbólica que pesa sobre ella. También utiliza billetes de dólar para dibujar con ellos; además de bilis, masa de maíz y plomo para elaborar esculturas y enriquecer esta macroinstalación que describe un inmenso paisaje geopolítico.

En cuanto al tema indígena –la otra constante en la obra de este bogotano egresado de la Escuela de Bellas Artes de la UN–, desde el inicio de su carrera ha trabajado con sus revelados parciales de fotografía experimental, pinturas al óleo, primeras grandes instalaciones, y se sigue ocupando en ello, como en el caso de El Camino Corto. En todos sus trabajos el centro de la reflexión, la materialidad y el simbolismo parten de las culturas originarias aún vivas.

No es la misma cosa

La hoja de coca y su uso milenario han sido blanco certero de una política de la ocultación. La coca ha sido suplantada por la cocaína. Se le ha convertido en una misma cosa. Es por ello que El Camino Corto de Miguel Ángel Rojas es tan relevante. Se habla de la hoja de coca, y de sus repercusiones negativas cuando es convertida en cocaína, pero sobre todo se habla desde su materialidad, e invocando su fuerza espiritual, su conexión con el mundo indígena, su autonomía respecto del narcotráfico.

Romper la identificación/confusión entre coca/cocaína es un acto simbólico indispensable para transferir la responsabilidad de la barbarie que ha traído el tráfico ilegal de la droga a consumidores y narcotraficantes, y además a las autoridades y reguladores internacionales para que controlen el lavado de activos, la circulación mundial del producto y su consumo.

La hoja de coca ha sido perseguida de manera simbólica, aún antes de la existencia de la cocaína, invento “blanco” de la ciencia médica de finales del siglo XIX. Lo que está en juego es “la supervivencia de quienes tradicionalmente han reverenciado la planta, siendo la masticación de la hoja sagrada la más pura forma de la expresión de la vida indígena. Sin la coca se destruye el espíritu del pueblo”, como lo plantea el antropólogo canadiense Wade Davis en su libro El río. Es claro que la persecución de la coca tiene que ver más con la necesidad de someter un territorio y a sus pobladores, y es una herramienta de desplazamiento y exterminio.

Acto de resistencia

Desde hace más de 4.000 años la hoja de coca se consume como planta sagrada, medicinal y alimento en la mayoría de los pueblos de América del Sur. Rica en calcio y otras vitaminas y minerales, contiene un pequeño porcentaje de alcaloide por hoja (menos de 1 % de su peso en seco) que puede ser absorbido lentamente por las mucosas de la boca.

El mambeo de la coca entre muchos indígenas es hoy un acto de resistencia. Aquello que otrora era parte cotidiana de los ritos comunitarios, es hoy objeto de mil litigios y negociaciones.

Para muchos indígenas es un acto político perseverar en el uso de las malocas, del mambeadero para masticar coca, de la lengua, de su relación con la selva; de la fuerza de la invocación sagrada de la vida. Todo ello es fundamental como acto político para la supervivencia de la humanidad, y a pesar de nuestra ceguera muy pronto va a ser imposible que no sea vislumbrado, incluso por los más eruditos sacerdotes de la religión fundamentalista del progreso y del crecimiento económico.

En ese sentido, tanto la diversidad cultural como la biológica son indispensables para que en el mundo se den otras formas de estar, y a partir de allí exista la esperanza de que el planeta, nuestro hogar y el hogar de otras criaturas y seres, en este estado actual de riesgo, tan frágil y exfoliado, recupere su equilibrio. Solo en la fragmentación de la vida y el pensamiento podremos coexistir sin violencia y darle paso a la autorrestitución de la vida y a otras culturas, ambas amenazadas.



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