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Kremlin, centro del poder ruso. - Fotos: AFP

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Mijaíl Gorbachov, líder de la Perestroika.

Mijaíl Gorbachov, líder de la Perestroika.

La Plaza Roja de Moscú ha sido el centro de las grandes transformaciones de la Unión Soviética.

La Plaza Roja de Moscú ha sido el centro de las grandes transformaciones de la Unión Soviética.

La URSS: vivencia de un final

Dec. 10 de 2011

Por: Darío Campos Rodríguez, Historiador y profesor asociado, Universidad Nacional de Colombia

El próximo 24 de diciembre se cumplen 20 años de la desintegración de la Unión Soviética, fecha en la que cambió el panorama mundial: EE. UU. quedó desorientado sin su rival de décadas y los rusos creyeron que con el capitalismo correrían ríos de miel, pero todo llegó lento. Recuento de los eventos del fin de la Guerra Fría.

En 1985, cuando murió el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) Konstantín Chernenko, quienes adelantábamos estudios universitarios en la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) debatíamos sobre su posible sucesor; escuchábamos apellidos como Aliyev, Rihzkov o Gorbachov, entre otros políticos promovidos por Yuri Andropov, predecesor de Chernenko.

Era muy poco lo que comprendíamos, lo cierto es que nos sentíamos orgullosos de vivir en una potencia mundial, en el polo que le hacía contrapeso a
EE. UU., así nos tocara hacer filas para comprar una fruta o nos disgustaran otros aspectos de la vida soviética; de una u otra manera lo justificábamos. Ese año fue nombrado Mijaíl Gorbachov como Secretario General del Comité Central del PCUS y todos los extranjeros destacábamos la juventud del dirigente.

El nuevo Secretario inició su discurso con la idea de la “renovación del socialismo”, la Perestroika (reestructuración). Se quería tomar lo mejor de dicho movimiento y reformar lo que no permitía el desarrollo de la sociedad. Se señaló la necesidad de hacer transformaciones en la economía que llevara a su crecimiento con ayuda de los adelantos científicos y tecnológicos, pues el sistema de salud y distribución de productos era deficiente, la vivienda escaseaba y la corrupción campeaba. Se planteó la descentralización de la economía y más disciplina en la producción, contra la corrupción y la irresponsabilidad laboral.

Gorbachov no solo hablaba de cambios económicos, también de transformaciones en la política a través de la glásnost (transparencia), con la cual se empezó a eliminar la censura y comenzaron a circular más periódicos. Esta figura estimuló la participación de los ciudadanos en los asuntos internos y externos, quienes expresaron sin tapujos el antidemocrático sistema de elecciones, sin debates o propuestas; criticaron la invasión a Afganistán y la pérdida de vida de sus hijos; se opusieron a la carrera armamentista –“como si eso diera de comer”, decían–, y manifestaron su inconformidad con las filas para comprar lo más elemental.

Los soviéticos deseaban la vida material de EE. UU. y Europa occidental, así como viajar al extranjero. Se preguntaban cómo era posible que de victoriosos en la Segunda Guerra Mundial no vivieran mejor que la derrotada Alemania. Creían que la sociedad socialista era la más desarrollada, pero no la sentían como tal.

Libertad de ideas

Entretanto, para los extranjeros la glásnost significó opinar con libertad sobre esa sociedad. Se publicó de todo y lo más novedoso eran las portadas de periódicos con fotos de mujeres desnudas o temas de sexo, magia y esoterismo puestos al lado de publicaciones de la Iglesia Ortodoxa o de biblias. Pero lo más importante fue la publicación de las obras de pensadores rusos prohibidos.

Por primera vez, la historia de la URSS era interesante. Gorbachov se convirtió en el centro de debate en las clases universitarias sobre la historia de la Unión, teníamos profesores a favor y en contra. El apellido Trotsky, como muchos otros, dejó de suscitar recelos y sentíamos la verdadera opinión de los docentes al hablar de lo mal que estaba la economía y la sociedad, sobre las diferencias entre la capa privilegiada que dirigía el país y los trabajadores.

La Unión Soviética ya no era tabú y las tesis de grado podían escribirse sin citar a Lenin o Marx, incluso se escuchaban con atención las críticas de los estudiantes extranjeros. Hasta ese momento no se nos ocurrió que el Estado desaparecería, se sabían sus problemas, se debatían, pero había certeza de que se superarían.

Hacia finales de los 80 el país ya estaba dividido entre los partidarios de la Perestroika y sus opositores. Coincidían en la idea de crear un Estado de derecho, un parlamento, la presidencia y un nuevo sistema de elecciones, para unos dentro de un solo partido y para otros en el multipartidismo. Para nosotros esas transformaciones no resultaban extrañas, pues los países de América Latina, con sus altos y bajos, tenían las mismas instituciones. Ahora los foráneos éramos fuente de consulta política.

Periodo de cambios

En 1990 nos sorprendió que se eliminara de la Constitución la hegemonía del Partido Comunista, pues ya existían numerosas organizaciones y partidos que querían un país democrático, con más reformas. Aquel profesor que fuera un ferviente comunista, ahora rompía su carné de filiación al PCUS; se exigía la introducción de la propiedad privada y las elecciones libres. Bajo ese nuevo panorama de tensión política, los estudiantes extranjeros asumimos posiciones.

Una demostración del caos económico, político y la ausencia de autoridad en la URSS fue la explosión en Chernóbil (1986), que impulsó reformas hacia una economía de mercado sobre la base de cooperativas, la inversión extranjera y las empresas mixtas, pero a comienzos de los 90 la situación no mejoró.

Las cooperativas cobraban precios exorbitantes con relación a los estatales, daba la impresión de que con pequeños negocios de reventa sus dueños iban a hacerse ricos de la noche a la mañana y a vivir como en EE. UU. Inició el proceso de arriendo y privatización de las empresas, eliminando el control del Estado sobre los precios con el programa “500 días”, periodo en el que esperaban salir de la crisis. En el lenguaje cotidiano se introdujo la palabra business y cada uno quería el suyo, así fuera como vendedor ambulante de usados.

Lo cierto es que en las ciudades todo escaseaba; en los almacenes estatales no había leche, salchichón, huevos ni pan, pero fuera de estos los vendían por el triple del precio. Se redujo la producción industrial y agraria. Las protestas sociales no se hicieron esperar. No obstante, se multiplicaron las cooperativas, los propietarios individuales y gente adinerada.

Mientras las cosas en la URSS no mejoraban, la situación era otra en política internacional. Se reconocieron los errores cometidos hacia otros países, como China, y se buscaron caminos para solucionar los conflictos mundiales mientras los internos aumentaban.

Para afianzar la credibilidad, se redujo el presupuesto militar y se sacaron en 1988 las tropas de Afganistán, se propuso acabar con la Guerra Fría y cualquier confrontación con Europa occidental. En 1985 se firmó en Ginebra un acuerdo contra la guerra nuclear: ni EE. UU. ni la URSS buscarían la superioridad uno sobre el otro. Ese mismo año se retiraron 500 mil soldados de Alemania oriental y parte de la industria militar de la URSS se transformó en industria civil.

Con esas medidas se debilitó la carrera armamentista y el gasto militar, se abogó por la coexistencia pacífica entre el capitalismo y el socialismo. Esta política tuvo una fuerte oposición del aparato partidista y de las instituciones militares antiperestroika.

La desintegración

Los cambios más significativos en la política internacional fueron hacia Europa oriental, que atravesaba problemas similares a la Unión Soviética. La Perestroika y la glásnost impulsaron el movimiento de oposición al socialismo, a lo cual Gorbachov contestó que no se inmiscuiría.

En 1989 todos los regímenes soviéticos de Europa oriental fueron depuestos por levantamientos populares que exigían democracia, pluripartidismo, elecciones y economía de mercado. La reunificación de Alemania en 1990 le mostró al mundo que la Perestroika iba en serio, había que buscar la distención y establecer nuevos lazos de amistad, los capitalistas eran ahora los nuevos mejores amigos. Desapareció el Pacto de Varsovia (bloque oriental) pero se ha mantenido inexplicablemente la OTAN (bloque occidental).

El debilitamiento de la URSS en Europa oriental fortaleció a los opositores, pero EE. UU. y Europa occidental apoyaban a Gorbachov en su política exterior, a pesar de que en el interior se incrementaron los conflictos interétnicos y territoriales nunca resueltos satisfactoriamente, como la guerra de 1988 entre Armenia y Azerbaiyán por Nagorno–Karabaj, el conflicto entre uzbekos y turkmenos en Fergana, y se exacerbó el espíritu antirruso en Kazajistán y Georgia, que abogaba por su separación de la URSS y el dominio de Abjasia.

Las otras repúblicas como las del Báltico, en particular las élites del antiguo PCUS, deseosas por la desintegración, culpaban a Rusia por su pasado y presente. Todo el fin de los 80 estuvo marcado por el deseo de independizarse del “gigante”. Lo ruso comenzó a ser odiado por todos, pero, ¿quién había mantenido a quién? Observamos lo importante que eran en ese tiempo el pasado y la historia.

Ríos, pero no de miel

El gran suceso con los nuevos amigos, en medio de la situación, fue la apertura del primer McDonald’s en 1990 en Moscú, una novedad en la que muchos hicieron fila para probar la “miel” del capitalismo; entretanto Lituania declaraba su independencia, y le siguieron las otras repúblicas del Báltico.

Ante la situación, Gorbachov impulsó en 1991 el referendo por el mantenimiento de la URSS, pero bajo otras condiciones de asociación; el 70% dijo sí, principalmente el Asia central. La ironía del momento, junto con el referendo, fue la elección del presidente de Rusia, pues todas las demás repúblicas lo tenían menos Rusia; Gorbachov ya sobraba.

No obstante, se acordó firmar la nueva “Unión de Estados Soberanos” el 20 de agosto de 1991, con el fin de evitar una guerra civil y más confrontaciones. Pero en la mañana de ese día, mientras Gorbachov estaba de vacaciones, los extranjeros quedamos atónitos cuando un grupo de políticos golpistas comunicaba por televisión el retiro del mandatario. Ahí comprendimos que la URSS se había desintegrado.

El sentimiento fue de desazón y un deseo de salir de allí cuanto antes; habíamos llegado a una potencia mundial y ahora era un caos total. En Moscú la gente sentía vergüenza ante el mundo. El día 22 los golpistas fueron arrestados.

En diciembre de 1991, Ucrania, Rusia y Bielorrusia declararon oficialmente su desintegración de la URSS y acordaron crear la Comunidad de Estados Independientes. Por doquier se oía que las nuevas repúblicas tenían la esperanza de solucionar sus problemas mediante la libertad económica.

Se creía que en 20 años la nueva generación de gobernantes forjaría un país mejor, que las inversiones de Estados Unidos y la Unión Europea fluirían como ríos de miel, pues ya no eran sus enemigos. Pero nada llegó. EE. UU., que históricamente había diseñado su política exterior sobre la tensión con el bloque soviético, no supo qué hacer. Su única preocupación fue el control de las armas nucleares.

Para las antiguas élites la desintegración de la URSS fue ganancia, para los de abajo, catástrofe. La pobreza se sintió con fuerza, el número de limosneros en la calle y en las estaciones del metro aumentó. Fue triste ver ese espectáculo, una mezcla de desesperanza, orgullo, desorientación y odio. En mis cursos generalmente explico el auge y caída de los imperios en la antigüedad, pero nunca imaginé que viviría algo parecido, la caída de una gran
potencia.



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