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Sede Amazonia. Fotos: archivo Unimedios

Sede Amazonia. Fotos: archivo Unimedios

Sede Medellín

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Sede Caribe

Sede Caribe

Los campus de la UN

Sep. 16 de 2017

Por: Rodrigo Cortés,
docente, Facultad de Artes Universidad Nacional de Colombia

En la creación y el desarrollo de las sedes de la Universidad Nacional de Colombia (UN) se ha impuesto un sello de modernidad en el que prima el verde. El espacio libre es predominante y la cualidad de ciudad-parque una constante en la infraestructura, lo que la convierte en punto de referencia en su relación con las ciudades.

Mientras la Sede Bogotá surgió en 1867, las de Medellín, Palmira y Manizales lo hicieron en la primera mitad del siglo XX para apoyar cambios en la estructura productiva, minera y agraria mediante la formación profesional y la asistencia técnica. Las otras cuatro sedes –Amazonia, Orinoquia, Caribe y Tumaco– son el resultado de una estrategia precisa, aprobada a finales de los años noventa por la Universidad del Estado, para consolidar la presencia nacional en áreas de frontera por medio de la palanca fundamental de la educación superior y la investigación.

Durante sus primeros 70 años (1867-1937), las escuelas, institutos y facultades profesionales que fueron conformando la UN ocuparon numerosos predios repartidos en el centro de Bogotá. Al principio en edificaciones construidas por comunidades religiosas, nacionalizadas por el Estado con base en la expropiación conocida como “manumisión de bienes de manos muertas”.

En las primeras décadas del siglo XX, aunque se mantuvo la dispersión espacial, las tres facultades principales se trasladaron a edificaciones construidas o reestructuradas específicamente para albergarlas: Medicina (con Ciencias Naturales, Odontología, Farmacia y la administración central de la Universidad) al costado sur del Parque de Los Mártires; Ingeniería y Matemáticas a una casa ampliada en la carrera 5a con calle 10a y también al Instituto Técnico Central (que fuera de la comunidad de La Salle), vecino de la Estación de la Sabana; y Derecho al edificio que reemplazó una parte del claustro de Santa Clara en la calle 9a entre carreras 8a y 9a.

Un solo espacio físico

Con la aprobación de la Ley 68 de 1935 se abrió una nueva etapa en la vida de la Universidad; su principal instrumento fue crear la primera ciudad universitaria en Bogotá, para agrupar paulatinamente en un solo espacio físico todas las facultades existentes y los nuevos departamentos que dieran soporte a las carreras que debían diversificar y modernizar los distintos campos de la enseñanza y la investigación.

La misma Ley establecía que el proceso de centralización de la educación superior cubría todo el territorio nacional. Por eso se integraron a la UN en Medellín dos instituciones educativas existentes y con una trayectoria económicamente muy accidentada: el Instituto Agrícola Nacional, en 1937, y la Escuela Nacional de Minas, en 1941. El primero venía funcionando en la granja Otrabanda en un edificio construido específicamente para esta escuela, y para la segunda se construyó una sede en Robledo, hacia mediados de los años cuarenta. Los dos predios fueron el soporte para el desarrollo de los campus de El Volador, El Río y Robledo en esa ciudad.

En 1946 se integró a la Universidad la Facultad de Agronomía de la Universidad Industrial del Valle del Cauca que funcionaba en Cali, para localizarla en edificaciones que debían construirse en el predio adquirido en ese entonces en Palmira. A principios de 1948 entró en funcionamiento la nueva Facultad de Ingeniería de Manizales, provisionalmente en el Palacio de Bellas Artes que era propiedad del Municipio, y en 1955 se inició la construcción de la primera de las tres ciudades universitarias que existen hoy: Palogrande, El Cable y La Nubia. El primer edificio para esa sede se inauguró a finales de 1959 en la de Palogrande.

La creación de los emplazamientos para las otras cuatro sedes, las de presencia nacional, se ha nutrido de iniciativas locales, del apoyo internacional y del trabajo de planeación y diseño impulsados desde la Sede Bogotá.

El inicio de la edificación de la sede de Amazonia data de 1986 como estación científica, y las de Orinoquia y Caribe iniciaron a mediados de los años noventa como sedes de institutos de investigación de sus ámbitos geográficos y naturales, lo mismo que la de Tumaco, pero que se empezó solo hacia 2009.

Gestión controlada del suelo

A pesar de su distancia en el tiempo y de sus diferentes orígenes, la creación y el desarrollo de las ocho sedes de la Universidad ha mantenido, a la larga, un patrón común: establecer una o más ciudades universitarias (con frecuencia llamadas campus) de dimensiones muy diversas y al principio alejadas del área urbanizada, pero siempre como un emplazamiento con densidades de construcción bajas o muy bajas y con una combinación de usos que emula los principales componentes de una aglomeración urbana, así sea de mínima dimensión.

El espacio libre es predominante y la cualidad de ciudad-parque es una constante, sin importar que el conjunto se haya emplazado en áreas definitivamente rurales (Tumaco, Orinoquia). Esta opción por un tipo urbanístico definido ha sido más bien empírica y condicionada, tal vez por un raciocinio elemental en relación con el uso educativo, investigativo y experimental: se debe contar siempre con un área de reserva de suelo suficiente para eventuales expansiones de la infraestructura y de las actividades.

Con el paso del tiempo, cada uno de estos reductos ha ido sumando nuevas instalaciones que diversifican y consolidan las actividades académicas –docencia, investigación y extensión–, administrativas y de bienestar propias de la Universidad. Así mismo, en el espacio verde se han consolidado ámbitos favorables para la diversidad y riqueza en especies locales de fauna y flora, como por ejemplo el arboretum y el palmetum en el campus Robledo de Medellín.

En algunos casos, como complemento de las ciudades universitarias, se han mantenido áreas de bosques endémicos instructivos e investigativos que sirven de soporte para implantar colecciones vivas –jardines botánicos–, como sucede con el Jardín Botánico de San Andrés, en Palmira con la Reserva de Yotoco y, en menor escala, con los arboretum de las sedes de Bogotá y Medellín.

El proceso común a todas las sedes las ha convertido en paradigma para otras instituciones no solo educativas sino productivas o de servicios, en términos de su modalidad de baja ocupación y de gestión controlada del suelo, sin importar si es rural o urbano.

Allí donde se ha emplazado, cada sede se ha abierto a condiciones que tienden a una configuración equilibrada entre edificaciones y espacios libres, con una circulación y un equipamiento crecientemente peatonal. Los sistemas de plazas, recorridos, jardines y bosques son componentes espaciales de disfrute colectivo con buenas condiciones ambientales, situación que ha hecho que en tiempos de crisis urbanas se conviertan en elementos determinantes del paisaje y los ecosistemas, a la vez que en referentes del sistema ambiental de cada ciudad.



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