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Educación

Regalías para ciencia: de la locomotora a la “revisatón”

Jul. 29 de 2017

Por: Gabriela Delgado M.,
profesora titular, directora del Departamento de Farmacia, Facultad de Ciencias - Universidad Nacional de Colombia

La “locomotora de la innovación” anunciada con bombo y platillos por el Gobierno nacional nunca arrancó, y, por el contrario, el poco “combustible” o financiación con el que cuenta pretende destinarse ahora a vías terciarias u otras necesidades, en vez de erigir, de forma visionaria, políticas de Estado con instrumentos articulados al recurso.

Decisiones poco sustentadas indican que la investigación científica no se valora como vía para el conocimiento, fundamental en la solución de los problemas diversos y profundos del país.

Metas consignadas en eslóganes publicitarios con bajo sustento técnico reflejan quizá la falta de comprensión en este tema: “Colombia, la mejor educada”, o “Colombia, la tercera más innovadora de América Latina a 2025”.

En ese sentido, la “locomotora de la innovación”, ejemplo de metas no alcanzadas, pretendió llevar a Colombia a un modelo económico basado en conocimiento, dando valor agregado a productos que hoy intercambiamos. Como locomotora, requería condiciones que no se lograron: infraestructura, rutas, maquinistas idóneos y combustible (financiación).

En el país la financiación de la ciencia, tecnología e innovación (CTeI) procede de: (1) Presupuesto General de la Nación transferido del Ministerio de Hacienda y Crédito Público (MinHacienda) al Departamento Administrativo de Ciencia, Tecnología e Innovación (Colciencias), (2) deducciones tributarias para quien invierta en CTeI, (3) recursos propios de instituciones del Sistema de CTeI y (4) Fondo de CTeI del Sistema General de Regalías, la fuente más inestable pues procede de la explotación de los recursos naturales no renovables, y por ende finitos.

Para la “locomotora de la innovación” se destinó el 10 % de las regalías, un logro efímero que jugó en contra de la financiación de la ciencia. Con la ilusión de contar con billones de pesos de regalías para CTeI, los recursos provenientes del MinHacienda para Colciencias no se aumentaron sino que, por el contrario, se redujeron, disminuyendo así la financiación de la investigación y los posgrados del país (ver gráfico).

¿Qué pasó con las regalías?

El proceso de participación por las regalías estuvo mal diseñado. A continuación se relacionan algunos aspectos que merece la pena considerar, como por ejemplo la incapacidad de algunos departamentos (sin investigadores ni infraestructura) para atender con esos recursos las necesidades consignadas en el Plan Estratégico Departamental de Ciencia, Tecnología e Innovación (PEDCTI).

De igual manera, cualquier ciudadano puede presentar propuestas, aunque no siempre una buena idea equivale a un proyecto de CTeI, cuyos formuladores idóneos son los investigadores. Así, las gobernaciones evalúan propuestas, sin que –en ocasiones– se evidencien criterios de selección, proceso supeditado a la voluntad del mandatario. Solo los proyectos aceptados por la Gobernación llegan a Colciencias (Secretaría Técnica de Regalías para CTeI), donde se emite un concepto derivado de la evaluación por pares.

Por último, un proyecto con valoración insuficiente para entrar al Órgano Colegiado de Administración y Decisión (Ocad), se ha interpretado como obstáculo de Colciencias o de las universidades (con asiento en el Ocad). De hecho, quienes desconocen el alcance de la investigación han calificado la evaluación de los proyectos –natural en la academia– como “panel de la inquisición” o como “animadversión” hacia un departamento. Bajo una gran presión política, hoy se asume que el problema es de tiempo y no de contenido, lo que ha conllevado a que el Departamento Nacional de Planeación promueva la “revisatón” de proyectos en “ocatones” con el mismo tecnicismo que los neotérminos.

Para vías terciarias

Ya sea porque los investigadores no lograron que sus proyectos llegaran al Ocad, o porque las gobernaciones presentaron proyectos sin buenas condiciones de calidad, se dejaron de ejecutar 1,3 billones de pesos.

Por eso urge modificar el proceso de acceso a regalías, para no arriesgar el recurso de la ciencia en vías terciarias, en las que se ha evidenciado “ausencia de buenas prácticas en los procesos de contratación y ejecución” (Conpes 3857 de 2016 “Lineamientos de política para la gestión de la red terciaria”).

Invertir en vías conlleva quizá a un impacto más tangible –¿elecciones?–, pero no suma al desarrollo sostenible basado en conocimiento. Aun si no existieran problemas de contratación asociados con las vías, 1,3 billones aportarían solo al 2 % del mantenimiento de la actual malla vial, es decir que tendrían un impacto limitado.

Sin embargo con algo de voluntad política se podría mejorar de forma simple el protocolo de acceso a las regalías para CTeI, por ejemplo actualizando los PEDCTI; planteando problemas regionales; diseñando convocatorias públicas que incorporen formación de recurso humano; haciendo obligatorios proyectos interinstitucionales con transferencia de capacidades; evaluando proyectos en única instancia (Colciencias) con revisión por pares; y respetando que la ejecución de los proyectos aprobados en el Ocad esté a cargo de alguna entidad proponente (propiedad intelectual).

Investigadores y políticos

Colombia debiera concebir el conocimiento como un árbol de roble cuyos frutos y madera son usados en industrias, química, médica, naval y ferrovial. Sus frutos, las bellotas, se generan después de 20 años, con producción máxima entre 40 y 80 años. Así mismo, entre más años, mejor madera. No todos los robles logran prosperar; se sabe que solo una de cinco plántulas alcanza maduración completa con frutos. Las semillas se cuidan bien los primeros ocho años (con suministro constante de nutrientes y agua) para que sus posteriores raíces le den estabilidad durante la producción de bellotas.

En un símil, el roble representa los proyectos de investigación, cuyos resultados (bellotas o madera) no se logran plantando semillas (propuestas de investigación) sin condiciones (financiación) sostenidas; antes de ocho años no se logran frutos, menos madera.

 Al igual que con los robles, no en todos los proyectos de investigación se alcanzan los resultados esperados, pero de los que sí, la cosecha es abundante. Si los políticos decidieran invertir en robles no plantarían semillas buscando bellotas o madera a los tres o cuatro años de su gobierno, sino que sembrarían para que la siguiente administración reciba la cosecha.

En esa misma dirección se han tomado decisiones que ponderan prototipos extranjeros sin contexto nacional: fusión del Sistema de Competitividad con el de CTeI, Sistema Nacional de Educación Terciaria, Plan Nacional Decenal de Educación. Se aspira entrar a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) mostrando el país que anhelamos, pero no el que somos.

Colombia en la Ocde no reflejaría per se un buen camino en ciencia y en educación. Becas doctorales, por ejemplo, no son una política; con dineros públicos se forma recurso humano de alto nivel para otras naciones. Los doctorados nacionales no tienen recursos porque el presupuesto de Colciencias está comprometido (65 %) en becas sin proyectos; no hay oportunidades para el retorno o la permanencia de quienes se están graduando, es decir, se trata de instrumentos mal diseñados que profundizan la brecha.

Si Colombia valorara la ciencia y la educación se construirían de forma visionaria políticas de Estado con instrumentos articulados al recurso, lo que impactaría, entre otros, la oferta de la universidad pública, que sin duda hoy es la universidad más privada del país: privada de recursos, privada de infraestructura y privada de oportunidades de participación en la política pública.



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