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Ruth Acuña, curadora de la exposición “José Jerónimo Triana, heredero de una tradición botánica”. Fotos: Andrés Felipe Castaño/Unimedios.

Ruth Acuña, curadora de la exposición “José Jerónimo Triana, heredero de una tradición botánica”. Fotos: Andrés Felipe Castaño/Unimedios.

Los documentos originales del botánico fueron facilitados por la División de Archivo y Correspondencia de la UN.

Los documentos originales del botánico fueron facilitados por la División de Archivo y Correspondencia de la UN.

Cattleya trianae, flor nacional de Colombia; especimen del Herbario Nacional Colombiano (COL).

Cattleya trianae, flor nacional de Colombia; especimen del Herbario Nacional Colombiano (COL).

Triana, el eslabón entre Mutis y el siglo XX

Dec. 08 de 2012

Por: Paola Linares M. Dirección de Museos y Patrimonio Cultural
Universidad Nacional de Colombia

Aunque bien conocido en el ámbito científico, el destacado botánico bogotano José Jerónimo Triana es una figura difusa para el ciudadano común. Una exposición y un recuento de su obra elevarán su nombre al nivel de personajes como José Celestino Mutis.

Hace 160 años, José Jerónimo Triana, el botánico colombiano más sobresaliente del siglo XIX, avistaba con pasión y dedicación los territorios nacionales. Estudió y clasificó la flora del trópico y buscó plantas útiles que pudieran ser empleadas en el tratamiento de enfermedades.

Tras rescatar la flora de José Celestino Mutis, entregó varios avances a la ciencia, como nuevas quinas que, en su época, paliaron la malaria y la fiebre amarilla y que incluso todavía, en zonas pobres, siguen siendo utilizadas.

Nació en Bogotá el 22 de mayo de 1828, solo doce años después de culminada la Expedición Botánica. Por eso, aún permanecían testigos, historias y avatares de ese viaje, que lo impulsaron a aventurarse en la búsqueda de la flora de Mutis en 1886.

Al advertir la envergadura de esta empresa y abrumado por la gran belleza de sus láminas, encontró también datos de relevancia que lo llevarían a continuar sus estudios sobre las quinas.

En 1882, y motivado por clasificar el trabajo del español, regresó a Madrid para sistematizar parte del material que no había sido estudiado y cuya colección constaba de unos 6.000 ejemplares.

Los avances

“Él clasificó la flora de Mutis –que estaba catalogada en el orden del sistema del botánico de Carlos Lineo– en el orden de Endlicher, que era un sistema natural y el más moderno en ese momento. Rectificó clasificaciones anteriores y ordenó las que no estaban catalogadas”, afirma el científico Santiago Díaz Piedrahita, uno de los mayores conocedores de Triana.

El botánico cuestionó algunos de los resultados de la expedición, como el del llamado “té de Bogotá”, un error en el que incurrió Mutis. Esta planta, catalogada como Symplocos, no podía equipararse al té de China. “[Sin contar con] los gravísimos y trascendentales que yo mismo tuve que corregir tímidamente en mi publicación sobre las quinas”, escribió Triana en 1884. Sin embargo, décadas después, fue reconocido en el país por sus contribuciones.

La misión corográfica

Conducida por el militar y geógrafo Agustín Codazzi en 1851, la Comisión Corográfica sería la expedición que daría a Triana sus mayores saberes. En ella examinó, clasificó y dio nombre a las plantas recolectadas y estableció un herbario con sus respectivas catalogaciones.

En 1856 concluyó su labor, al entregar al Gobierno nacional 50.000 registros por especie, aproximadamente 8.000 números de colección y el herbario, que contaba con 3.950 especies.

“Era un trabajador incansable. Él hizo los recorridos sin descansar un solo momento: recogía las plantas, las prensaba, tomaba las notas, luego hacia las etiquetas; y entre un viaje y otro hacia los catálogos. Uno de ellos está en la Academia, el que entregó al Gobierno junto con su herbario. Otro, su copia personal, llena de anotaciones, se conserva en el Museo Británico de Historia Natural de Londres”, dice el profesor Díaz Piedrahita.

Luego de terminar su trabajo en la Comisión, Triana viajó a Europa como delegado del Gobierno. Se codeó con personalidades que clasificaban y enriquecían el conocimiento botánico. Él mismo aportó al campo de la flora tropical, en especial en lo que respecta a las quinas.

Sobresale su trabajo en asocio con el francés Jules Émile Planchon, profesor de Botánica de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Montpellier, con quien publicó una monografía sobre las gutíferas. Igualmente, su participación en ferias internacionales, en las cuales dio a conocer la flora de Mutis, lo llevó a ocupar un lugar destacado en la comunidad científica europea. De este modo, se convirtió en el primer botánico colombiano que alcanzó fama mundial.

De hecho, en la Exposición Universal de París, exhibió la hermosa flor de mayo. Al verla, la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, quedó prendada de su belleza y propuso venderla en un remate. Ella participó en la puja y la codiciada orquídea alcanzó la exorbitante cifra de 18.000 francos. Es la misma que fuera llamada, en homenaje a Triana, Cattleya Trianae: la flor nacional de Colombia.

Legado para preservar

A Triana le dieron la Legión de Honor en Francia porque llevó semillas de una planta que tenía los mismos efectos que las quinas tradicionales, pero que eran lo que él llamaba las “nuevas quinas”. Las ensayó, las cultivó en invernadero y le germinaron. Luego las llevaron a costas africanas y las sembraron. Quiso que la humanidad tuviera una nueva fuente de cortezas antifebrífugas (contra las fiebres).

De la obra de Triana se perdió mucho. Tal como lo señalan sus documentalistas, estos materiales estuvieron a la deriva durante ochenta años, y solo hasta la creación del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad Nacional de Colombia dos terceras partes lograron ser rescatadas.

Para Carlos Parra, director del Herbario Nacional Colombiano, “Triana es un eslabón entre el trabajo de Mutis y el que actualmente se desarrolla, especialmente en el ICN. Su obra es la semilla que hace que otros investigadores nacionales, desde el comienzo del Herbario y del Instituto, aborden sus estudios”.

El caballero de las flores –como lo llama el profesor Díaz Piedrahita en uno de sus libros– murió en Francia, en 1890, justo por los días en que la monumental estructura metálica de la Torre Eiffel se alzaba por primera vez hacia el cielo, y que seguramente él observaba desde el Hospital de París. Allí respiró por última vez, no sin antes dejar al mundo uno de los mayores legados botánicos, que trasciende hoy como patrimonio científico colombiano.



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