UNP No.58
Título : Una voz poderosa...en el desierto
Autor : Nicolás Suescún
Sección: Cultura
Fecha : Mayo 30 de 2004 |
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Hernando Valencia Goelkel (1928-2004). |
Una voz poderosa...en el desierto
A los 66 años murió Hernando Valencia Goelkel, por mucho tiempo el único crítico literario que tuvo el país. Fundó la Revista Mito , una verdadera leyenda de ese oficio arriesgado.
Nicolás Suescún*
Hernando Valencia Goelkel nació en Bucaramanga en 1928 y murió en Bogotá el 26 de abril pasado, después de una vida dedicada a la literatura. Confesó haber tenido una "devoción permanente" por la poesía y sentir "fervor" por la literatura. La lectura fue primero que todo un placer, que luego convirtió en técnica, el instrumento del crítico que sería. Estudió Filosofía y Letras en España, pero su verdadera educación la obtuvo en sus lecturas. Aprendió, después de tener un buen conocimiento de la literatura española y la latinoamericana, francés, italiano e inglés para leer a Camus, Sartre, Pavese, Hemingway y Faulkner, y luego a Waugh y Henry James, a Eliot, Lowell y Auden, a Nabokov. una muy larga lista que incluye a la mayor parte de los escritores de primer orden del siglo XX, y no excluye a los clásicos de esas y otras lenguas.
Pero antes había regresado a Colombia al mismo tiempo que Jorge Gaitán Durán, que estaba en París. Fundaron la revista Mito con el ostensible propósito de "aceptar el mito en su plenitud y más fácilmente torcerle el cuello". En el editorial del primer número decían: "Nuestra única intransigencia consistirá en no aceptar nada que atente contra la condición humana".
Socarrón, años después Hernando pondría las cosas en la tierra. Contó que cuando Gaitán Durán le propuso hacer una revista le dijo que se llamaría Mito , sin saber explicarle por qué, así que, como afirmaría: "(pusieron en el editorial) una frase medio deshonesta y tortuosa diciendo que la revista se iba a ocupar de desmitificar una serie de valores y prejuicios y todo eso, pero fue por decir algo. Jorge se había enamorado del término y yo también". Pero Valencia Goelkel no pudo dejar de desconocer que la revista fue en realidad, como dijo Téllez, "el antimito nacional", por incluir escalofriantes testimonios sobre la vida cotidiana y ocuparse de la política y del cine como un medio propio del siglo que merecía igual atención que la literatura.
En Mito publicó Valencia Goelkel su primer gran ensayo, "Destino de Barba Jacob" -donde equipara la rebelión bohemia con un sórdido conformismo-, notas de libros y de cine y traducciones. Ya la crítica es para él una hermenéutica que implica un conocimiento completo de la obra. Reseñó muchas obras pero reservó el ensayo para los escritores que podía leer en su lengua original; sentía pudor ante la lectura de un escritor como Brecht, "sin saber alemán o ni siquiera poseer sus obras completas en lengua alguna". La crítica debe ser "un empeño sintético, una empresa de claridad conceptual y expresiva", y además una labor de descubrimiento y desmantelamiento del mito, que siempre rodea a los escritores famosos; también el deseo de compartir el placer de la lectura y una amable incitación a ella. "El trabajo del crítico -dijo- no es buscar libros mediocres; es identificar los excelentes que llegan a sus manos y dar cuenta, lo mejor posible, de sus excelencias".
Era Valencia Goelkel un clásico que veía con recelo la expansión romántica. Detestaba la mentira, es decir la retórica, la solemnidad y el sentimentalismo. Este iba a la par con la prosa elaborada, con esos "párrafos y metáforas que pueden calificarse de poéticas en el sentido más abominable de la palabra". En la poesía admiraba el rigor, el pensamiento y la emoción concisos, que percibió en los últimos libros de Cote Lamus y que atribuyó a su honestidad, a su rechazo de la improvisación y de la pose: "Es muy grato 'vivir' poéticamente, conforme a cierta vaguedad programática, más costoso es ese ejercicio solitario que hay que llamar por su nombre: el trabajo poético".
Era clarividente, veía lo que para el lector común y para muchos no tan comunes pasaba inadvertido, por eso sus páginas están llenas de hallazgos y de percepciones que nos enriquecen. Como cuando en su magnífica nota sobre El general en su laberinto dice que cincunscribir Bolívar al Sueño [de una América unida] "lo deshumaniza, y al mismo tiempo lo reviste del más humano de los sacrificios, el fracaso; una Juana de Arco que no derrotó a los ingleses, un Colón que no descubrió América (contra toda evidencia se sigue arguyendo que el mercader genovés era un soñador)".
Fue Valencia Goelkel admirable traductor, de escritores tan individuales -y difíciles- como Stendhal, Swift, Sterne, Henry James o Joseph Brodsky, fuera de ensayistas literarios como George Steiner o de biógrafos como Sebastián de Grazia, y de poemas de Yeats y de Blake. Pero se consideraba "apenas" un crítico, autor de una "tenue" obra. Dividía a los grandes escritores entre los de primer orden y los de segundo orden, en quienes la reflexión y el cuidado priman sobre el privilegio de la creación". Y en el teatro literario, el crítico estaba en palco de tercera y el traductor en el gallinero.
Sin embargo, y aunque no se publicaron sino cinco libros de sus escritos - Crónicas de cine , Crónicas de libros , El arte viejo de hacer novelas , Oficio crítico (compilados los cuatro por el infatigable Cobo Borda) y La lección del olvidado (ensayos introductorios de la colección Cara y Cruz, de Editorial Norma)- ocupa un lugar de privilegio en nuestra literatura. Durante más de cuatro décadas fue el crítico literario, el único que se podía comparar con los grandes ingleses y estadounidenses que admiraba, con Cyril Connolly o Edmund Wilson, por ejemplo. Pero no era extranjerizante, era cosmopolita. Un amante de la literatura, en permanente vigilia, curioso por la historia y por la actualidad. En otra sociedad habría tenido un papel menos discreto; aquí fue una voz poderosa y buena. en el desierto.
* Poeta, escritor y traductor.
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