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Política & Sociedad

En La Guajira también hay afros

Apr. 22 de 2017

Por: Juan Francisco Molina Moncada, Unimedios Bogotá

Al igual que las otras comunidades que habitan el departamento, la negra afronta hambruna, sequía, corrupción e inestabilidad administrativa. Sin embargo su presencia no se ha reflejado en los censos, por lo cual, ante la falta de datos, no existen políticas públicas para abordar sus problemáticas.

Francisco Antonio Moscote Guerra nació el 9 de marzo de 1849 en Galán –jurisdicción de Riohacha y antiguo palenque (pequeños poblados afrodescendientes)–, hijo de José del Carmen “Checame” Moscote y Ana Julia Guerra, esclavizados libertos oriundos del palenque de Moreno.

“Checame” no era rico pero contaba con los recursos suficientes para darle algún presente a su hijo de vez en cuando. Un día le regaló un acordeón, instrumento que marcó el inicio del vallenato. Francisco demostró tanto talento con el aparato, que los mayores decían que era “el Hombre”, un dicho caribeño que se refiere a un joven superdotado en cualquier actividad.

De esta manera nació una leyenda llamada Francisco el Hombre, un trotamundos de casi 200 años que recorría los pueblos difundiendo los acontecimientos, según la descripción realizada por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.

Por su pasado ligado a los palenques y su legado cultural, la vida de este emblemático afroguajiro fue documentada por el historiador Lázaro Diago Julio, y desde allí recopilada en la cartilla Afrodescendientes en La Guajira, elaborada por la profesora Claudia Mosquera Rosero-Labbé –del Departamento de Trabajo Social e investigadora del Centro de Estudios Sociales (CES) de la Universidad Nacional de Colombia (UN)–, los investigadores Deivis Ojeda, licenciado en Lenguas Modernas de la Universidad de La Guajira y Ernell Villa Amaya, docente de la misma institución, y Doris Cabeza Escobar, consejera Departamental y Nacional de Cultura.

El documento forma parte de un proyecto que busca fortalecer la autoidentificación de las comunidades afrodescendientes del Caribe frente al Censo Nacional de Población y Vivienda que se realizará en 2018. La iniciativa es financiada por la Fundación Ford y apoyada por el CES y el grupo de investigación “Igualdad racial, diferencia cultural, conflictos ambientales y racismos en las Américas negras” (Idcarán) de la UN.

Para la profesora Mosquera el mayor problema en La Guajira es que aún no se ha consolidado una memoria que recoja la tradición histórica, social y cultural de los afrodescendientes, de modo que mucha gente no sabe si identificarse como afrocolombiana, mulata, raizal, palenquera o mestiza; incluso algunos se definen como wayúus ante la fuerza de esta identidad en la región, por lo cual los censos no reflejan que en el departamento también hay una presencia negra que se remonta al siglo XVI.

Perlas y palenques

Según la docente Mosquera, en el imaginario de muchas personas La Guajira es un departamento 100 % wayúu; cuando alguien dice que ese territorio también es ocupado por afros las personas se sorprenden.

Esto sucede por la falta de información, pues las estadísticas más “recientes” corresponden al censo de 2005 realizado por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), según el cual en La Guajira habitan 91.773 afrodescendientes, el 14,8 % de la población. En aquel entonces el índice de mortalidad infantil era del 42,1 % y el 22,5 % de los hogares rurales no contaba con un abastecimiento adecuado de agua.

Para la trabajadora social, egresada de la UN, Ruby León, quien participa en el proyecto, la mayor parte de la comunidad negra no tiene una versión completa de la historia de su presencia en la zona, ya que existen muy pocas fuentes documentales. En ese sentido, Afrodescendientes en La Guajira asume el reto de reconstruir este rompecabezas.

Se sabe que en el Cabo de la Vela, donde hoy confluyen miles de turistas al año para contemplar el encuentro entre el mar y el desierto, hacia mediados del siglo XVI se asentaron los españoles cuando localizaron un sitio propicio para la extracción de perlas, labor en la que emplearon esclavizados provenientes de Guinea y Angola, en África.

Después el comercio de africanos se extendió hacia Riohacha –existen indicios de que algunos wayúu participaron de esta actividad–, donde se dedicaron tanto al cultivo de maíz, caña y tabaco, como a la cría de ganado, cuando se estancó la producción perlífera en el siglo XVII.

Sin embargo los esclavizados no aguantaron las inhumanas condiciones; algunos huyeron a zonas inhóspitas y establecieron palenques y rochelas, comunidades que rechazaban el orden colonial y a las que, en el segundo caso, también llegaban indígenas y blancos pobres.

De este modo se fue consolidando la presencia afrodescendiente en una zona en la que, así mismo, llegaron varios desterrados que participaron en la revolución haitiana (1791-1804), y luego migrantes internos, especialmente de Bolívar, en la década del sesenta del siglo XX.

Por ahora los investigadores identifican 13 puntos de memoria que fueron palenques y rochelas: Los Moreneros, Las Palmas, Tomarrazón, Treinta, Barbacoas, Camarones, Juan y Medio, Roche, Chancleta, Manantial, Tamaquito, La Punta de los Remedios y Dibulla. No obstante, la profesora Mosquera denuncia una problemática preocupante: “la minería ha ido desterrando estos lugares. El Cerrejón ha sido letal para la memoria negra de La Guajira”.

Saberes ancestrales

Cuando la madre está presentando dificultades para dar a luz, Altagracia Frías Villar, comadrona y rezandera del corregimiento Juan y Medio, acude a uno de los saberes ancestrales de la partería: hierve malva con bicarbonato de sodio entre 30 y 60 minutos; una vez el agua está tibia, filtra las pelusas de la planta y hace que la paciente se siente en una ponchera y se moje de la cintura para abajo con el fin de normalizar el parto.

Entre tanto, María del Carmen Muñiz, Isabel Lavette, Adelaida y Reyes Mejía, y Gregoria Sierra, son expertas en procesar el fruto de la palma de corúa para elaborar el chicharro (plato tradicional), guisos y un aceite de fino aroma. Del mismo modo se utiliza el fruto de la palma de tamaca.

Con el fin de preservar estos saberes y símbolos, como el árbol de la ceiba (sitio de reencuentro para la narración de historias y leyendas), la trabajadora social León implementó un minicurso en Barrancas, Riohacha y Dibulla como parte de la estrategia de la que forma parte la cartilla.

Además de las 15 horas presenciales, a las que asistieron 27 personas, la investigadora implementó cuatro módulos: historia, territorio, íconos culturales y preparación para el próximo censo.

“Esperamos consolidar estas iniciativas; por ejemplo que la cartilla se convierta en un libro para que la gente conozca mejor su herencia, se autoidentifique como negra y así entren al mapa, es decir, se empoderen, con el fin de que se implementen políticas públicas de acuerdo con sus necesidades, tan importantes como las de los wayúu”.

Porque los afros de La Guajira no son tan “hoscos” como los llaman en Riohacha. Para las investigadoras, se trata de una comunidad muy solidaria, “muy protectora hasta con los desconocidos” y que ahora se enfrenta a un reto tan grande como su historia: reconstruir memoria.



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