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Sesquicentenario
Los arqueólogos de la un buscan en cada hallazgo particularidades del pasado prehispánico. foto: archivo particular

Los arqueólogos de la un buscan en cada hallazgo particularidades del pasado prehispánico. foto: archivo particular

Exploradores de la prehistoria colombiana

Apr. 22 de 2017

Por: María Luzdary Ayala V., Unimedios Bogotá

Desde San Agustín –donde nace la investigación arqueológica en Colombia– hasta la región Caribe, docentes y científicos de la UN han liderado la reconstrucción de buena parte de nuestra prehistoria, al desentrañar restos de los pobladores más antiguos para conocer sus estilos de vida, sus enfermedades y sus creencias, entre otros aspectos. Ahora, apoyados en ese legado, se preparan para develar los rostros de las víctimas del conflicto armado.

Esqueletos humanos y de animales, vasijas, herramientas y otros utensilios desenterrados y llevados al laboratorio han ido ampliando la historia prehispánica de Colombia, desde el más remoto pasado.

Los detalles de la dieta alimenticia de nuestros antepasados, de sus enfermedades, de sus jornadas de cacería y pesca, de su tradición agrícola, incluso de su entorno ambiental, han sido documentados por profesores de la Universidad Nacional de Colombia (UN), pioneros en una línea de investigación integral conocida como bioarqueología.

Gracias al trabajo ejemplar de estos excavadores, la huella de la UN se advierte en prácticamente todos los museos de arqueología del país, empezando por el del Instituto de Ciencias Naturales (ICN), en la Sede Bogotá, en el que se exhiben instrumentos tallados en piedra (líticos), fragmentos cerámicos, restos óseos humanos y vestigios de fauna y flora. También hay muestras de estos hallazgos en el Museo de Ciencias Naturales (Palmira, Valle del Cauca); en el del Oro (Santa Marta, Magdalena); y en los de Tunja y Sogamoso, de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (Boyacá), entre otros recintos.

Los trabajos abarcan las primeras evidencias de los cazadores recolectores que vivieron en el altiplano cundiboyacense a finales del Pleistoceno –hace alrededor de 12.000 años antes del presente (AP)–, e incluye el reciente descubrimiento de un cementerio indígena en terrenos del Huila inundados para la hidroeléctrica El Quimbo.

Gonzalo Correal Urrego, profesor emérito del ICN y uno de los pioneros en estudios arqueológicos del país, asegura que “los trabajos realizados en la Universidad le han añadido miles de años a la prehistoria de Colombia”. De hecho, una investigación adelantada por él en la Sabana de Bogotá develó que la sífilis de los primeros cazadores-recolectores no había sido introducida por los europeos sino que era originaria de nuestro territorio.

Otros estudios del profesor Correal dan cuenta de cómo los primeros pobladores de la Sabana pasaron de consumir verduras y hortalizas (cultivos de superficie) a tubérculos como papa, arracacha y cubios, debido a un cambio del clima que pudo haber sido provocado por una erupción volcánica o algún otro fenómeno natural. La modificación en su dieta también trajo la elaboración de objetos como el metate (piedras cóncavas) para moler o macerar los nuevos alimentos.

Además del arqueólogo Correal, la Institución cuenta con investigadores de amplia trayectoria como Luis Duque Gómez (arqueólogo y ex rector de la UN),
Héctor Llanos Vargas, José Vicente Rodríguez, María Pinto Nolla, Virgilio Becerra y Ana María Groot, cuya contribución ha servido para reconstruir el pasado precolombino en diferentes zonas del territorio nacional.

De cazadores a horticultores

Desde la bioarqueología se ha adelantado el estudio integral tanto de las enfermedades, la nutrición y dieta de los habitantes, como del contexto social y ambiental en periodos desde finales del Pleistoceno, época muy fría, con reductos de una enorme laguna en la Sabana de Bogotá, según recuerda el profesor José Vicente Rodríguez.

Por ejemplo, a partir de ese enfoque se pudo establecer que los caciques trabajaban como todos los demás indígenas y comían lo mismo que ellos. Solo en algunas comunidades, como las de Sutamarchán, se determinó la presencia del consumo exótico de vegetales traídos del Amazonas, posiblemente sicotrópicos.

Los amplios recorridos realizados por los investigadores de la Universidad cubren desde las llanuras del Caribe hasta las tierras de la Amazonia. En el departamento de los opitas, más que las esculturas precolombinas replicadas en miniatura para ofrecerlas a los turistas, develaron la cultura de los primeros habitantes de esta zona ubicada en las estribaciones del Macizo Colombiano.

También han excavado en la región Andina, específicamente en la cuenca del río Magdalena, con pala, palustre, brochas, pinzas, tamices, entre otras herramientas propias de su trabajo, según explica el profesor Germán Peña, encargado de la Colección Arqueológica del ICN.

Como uno de los pioneros de la paleopatología precolombina, es decir del estudio de los huesos de humanos, el profesor Correal realizó excavaciones en el altiplano cundiboyacense que sirvieron para establecer la presencia del hombre a finales del Pleistoceno, y además proponer que alrededor del tercer milenio ap, pasaron de ser cazadores de picures, venados, conejos y armadillos, entre otras especies, a horticultores.

Estas investigaciones fueron financiadas principalmente por la Organización Neerlandesa para el Fomento de Investigaciones Tropicales (Wotro) y la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales (Fian), del Banco de la República.

Los primeros descubrimientos del paleontólogo fueron en Gachalá (Cundinamarca), donde siendo muy joven encontró piezas que pertenecían a un grupo de cazadores-recolectores, y que en posteriores investigaciones fueron datadas en 9.000 años ap; estas se exhiben hoy en el Museo de Historia Natural del ICN. Entre tanto, sus hallazgos en la zona del Tequendama corresponden a piezas que datan de entre 10.920 y 2.500 años AP.

El profesor recuerda que entre 1979 y 1980, en excavaciones en Tibitó (cerca de Zipaquirá) con el geólogo Thomas van der Hammen, encontraron huesos de mastodonte, caballo americano y venado, además de artefactos de piedra. Una muestra de radiocarbono permitió establecer como fecha de referencia 11.740 años AP, es decir entre el Pleistoceno y el Holoceno.

Su tarea en este campo ha hecho que el docente Correal sea reconocido por expertos nacionales y extranjeros como el descubridor de los restos humanos más antiguos de Colombia. De sus estudios también ha sido posible inferir las primeras enfermedades infecciosas por hongos, las afecciones respiratorias y gastrointestinales, e incluso la posible artritis reumatoidea que padecieron los pobladores de pequeñas aldeas hace unos 3.000 años (segundo milenio antes de Cristo).

Igualmente el antropólogo encontró vestigios del periodo formativo tardío o cerámico, conocido como periodo Herrera o Premuisca, en el que transcurren alrededor de 2.000 años experimentando con agricultura y en el cual, de forma paralela, se incrementaron los casos de caries y tuberculosis, entre otras enfermedades.

Protagonismo de la arqueología

Al sur del país, Héctor Llanos Vargas, otro reconocido investigador y docente de la Universidad, inició la exploración de los territorios de San Agustín. Lo hizo de la mano de su maestro Julio César Cubillos, quien lo introdujo en esta especialidad pese a que adelantaba estudios de Historia. La combinación de teoría histórica y práctica arqueológica lo llevó a escribir una tesis muy particular titulada “Clasificación tipológica de la estatuaria de San Agustín”.

Para el profesor Llanos, “los años ochenta marcaron un antes y un después en la investigación arqueológica en Colombia desde la Universidad Nacional”. En 1981 se adelanta la reforma de la carrera de Antropología –creada en 1964– para ajustar el plan de estudios a la realidad del país. Con esta tarea se fortalece el área de Arqueología que, según el académico, era vista como la hermana menor de la primera. Entonces se escogen varias líneas de investigación y así “se empiezan a formar los verdaderos arqueólogos”, asegura.

El antropólogo recuerda que en Colombia la investigación arqueológica nació en San Agustín, zona de incansables recorridos desde que en 1913 el alemán Konrad Preuss hiciera los hallazgos iniciales. También menciona a Gregorio Hernández de Alba como uno de los primeros colombianos que excavó en esa región del país.

La huella de un pueblo

En 1984, el equipo de la UN se vuelve protagonista de las noticias de primera página con el hallazgo en el municipio de Saladoblanco (Huila) del primer poblado prehispánico de gran tamaño (localizado a orillas del río Granates), una aldea con caminos, basureros y cementerios. La investigación toma como punto de partida el hecho de que “las pautas de asentamiento son las respuestas históricas de los habitantes prehispánicos a los determinantes topográficos, climáticos y biológicos”, comenta el académico Llanos, quien ha recopilado en al menos 14 libros el resultado de sus importantes trabajos científicos que le han proporcionado una dimensión internacional a la arqueología del país.

En uno de sus estudios analizó las pautas de asentamiento en una escala regional, mediante prospecciones, excavaciones y fotografías aéreas, lo que le permite identificar los cambios históricos de ese poblamiento en el sur del Alto Magdalena.

En otro trabajo de la arqueología americana, adelantado en los Altos de Lavaderos (municipio de San Agustín), el investigador propone que el Alto Magdalena está culturalmente vinculado con la Amazonia (alto río Caquetá), lo que muestra la relación de la cultura agustiniana con el mundo amazónico.

El profesor Llanos ausculta en la cosmogonía de los chamanes jaguares de San Agustín, y descubre que lo más importante de esta cultura fue su pensamiento mitopoético, contenido en el territorio sagrado y en los centenares de esculturas de piedra que tallaron los aborígenes durante varios siglos.

Sus investigaciones también se han relacionado con el adoctrinamiento cristiano que sufrieron los pueblos indígenas en tiempos coloniales, tema que abordó en su obra En el nombre del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo.
Adoctrinamiento de indígenas y religiosidades populares en el Nuevo Reino de Granada (siglos XVI-XVIII).

“Para nuestros recorridos contábamos con lámparas Coleman y una grabadora de pilas”, recuerda en tono jocoso el maestro emérito de la UN.

Fauna arqueológica

A partir de la arqueología se desarrollan diferentes líneas de investigación, como la bioarqueología, la paleopatología, la arqueobotánica y la zooarqueología.

En el campo de la zooarqueología, el profesor Germán Peña se ha especializado en el estudio de la fauna procedente de sitios arqueológicos del valle del río Magdalena, en particular la de los peces. Ha estudiado esqueletos de bagres, bocachicos y nicuros, las especies más consumidas por los pobladores del Magdalena Medio durante los periodos Formativo Tardío (siglos v a. C. y I d. C.) y Tardío (siglos X al XVI d. C.). Esto le ha permitido conocer los cambios en las tallas de algunas especies, la explotación del recurso y los cambios climáticos ocurridos a lo largo del tiempo.

El análisis del investigador sobre la fauna arqueológica empezó en el Instituto Smithsonian de Panamá, con la guía del arqueozoólogo Richard Cooke, luego de lo cual realizó estudios de doctorado en el Laboratorio de Arqueozoología de la Universidad Autónoma de Madrid.

El profesor Peña y su equipo de trabajo han llegado a más de 20 sitios a través de extensas caminatas por la zona de raudales del río Magdalena, entre Puerto Boyacá y Honda, en la búsqueda de vestigios de los antiguos pescadores. Son jornadas
de por lo menos tres meses de campo y otros seis de laboratorio, en los que se separan los vestigios óseos –que se encuentran en toneladas de sedimentos– y se identifican las especies, además de otros análisis específicos.

A estas investigaciones se suman las de docentes como Gaspar Morcote, especializado en arqueobotánica, y las de la profesora María Pinto, sobre artefactos líticos o instrumentos utilizados por los cazadores.

Nuevas exploraciones

Tanto profesores como egresados y estudiantes tienen hoy una alta demanda, especialmente para estudios previos o de arqueología preventiva en zonas con potencial arqueológico en las que se proyectan grandes obras de infraestructura. De ahí que uno de los problemas a los que se enfrenta la disciplina es que no hay suficientes profesionales en el país, pues cada año egresan en promedio 35 estudiantes.

No obstante, los investigadores de la Universidad, con apoyo de los estudiantes, siguen realizando excavaciones. Ahora, por ejemplo, trabajan en la búsqueda de los caídos en la histórica batalla del Pantano de Vargas, ocurrida el 25 de julio de 1819 y en la cual se calcula que murieron entre 600 y 1.200 soldados criollos, llaneros venezolanos y granadinos, españoles y británicos. El profesor Rodríguez anuncia que en el sitio se montarán laboratorios para formar a los futuros antropólogos forenses.

De igual manera se preparan para desenterrar a las víctimas del posconflicto, enorme y dispendiosa tarea si se tiene en cuenta que se trata de al menos 60.000 desaparecidos en todo el territorio colombiano, para lo cual se requieren alrededor de 60 antropólogos especializados, además del apoyo de la Facultad de Odontología y del Instituto de Genética.

Así mismo se tiene en perspectiva crear un museo de la memoria, con apoyo de los expertos en reconstrucciones faciales de las personas desaparecidas, para que los jóvenes recuperen los rostros de las víctimas de la violencia en Colombia.

En su tarea permanente de reconstruir escenarios de la prehistoria, de la historia, e incluso de los hechos más recientes ocurridos en el país, estudiantes como Germán David Rodríguez, quien cursa octavo semestre, y docentes como el profesor José Vicente Rodríguez, siguen excavando y analizando muestras en los laboratorios de la un, para develar hechos y rostros de nuestro pasado.



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