UN Periódico - Universidad Nacional de Colombia
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Sesquicentenario
La UN se mantiene como referente cultural al ofrecer un espacio para el debate y la divergencia con respecto a distintos problemas nacionales. - foto: archivo Unimedios

La UN se mantiene como referente cultural al ofrecer un espacio para el debate y la divergencia con respecto a distintos problemas nacionales. - foto: archivo Unimedios

La cultura: un poderoso dispositivo de mediación

Sep. 16 de 2017

Por: Carlos Alberto Patiño Villa, director,
Instituto de Estudios Urbanos (IEU), Sede Bogotá / Óscar Almario García, director, Centro de Investigación e Innovación Social (CIIS), Sede Medellín - Universidad Nacional de Colombia

Desde su fundación y hasta el presente, la Universidad Nacional de Colombia (UN) ha actuado como un poderoso dispositivo científico-técnico y cultural que media entre el proyecto inconcluso del Estado nacional y una sociedad dividida por múltiples factores pero que pugna por ser viable.

A lo largo del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX, cuando tomaron forma las disciplinas que hoy se agrupan con el nombre de Ciencias Sociales y Humanas, estas se perfilaron como tales apoyándose en las nociones de Sociedad, Estado-nación y Civilización.

La noción Sociedad pretendía dar cuenta de los entramados humanos surgidos del choque con las estructuras tradicionales; con Estado-nación se entronizó el sujeto institucional por excelencia de la Modernidad, mientras que con Civilización se reconocía la condición universal de la especie y se exaltaba a Europa como el epicentro de dicho proceso.

Por su parte, la noción de Cultura se reservó para distintos usos: marcar las diferencias de identidad colectiva entre los países modernos; imponer cánones de autoridad estética, literaria e institucional; legitimar la expansión imperialista de las potencias europeas sobre la geografía y los pueblos del mundo considerados inferiores, y reconocer la diversidad de la especie en medio de su universalidad.

Desde entonces la cultura debe ser entendida como otra dimensión de los conflictos y tensiones sociales, pero también como una posibilidad de lectura de hegemonías y resistencias; de oposiciones y transacciones; de prueba de fuerzas entre distintas formas de identificarse y diferenciarse; de exclusión e inclusión, y de representación de lo colectivo y lo singular.

Si se acepta que Colombia forma parte de la experiencia moderna en la periferia, cabe preguntarse entonces por la relación entre la UN y la cultura nacional, desde las claves antes señaladas.

Epicentro de la cultura

La apuesta de Manuel Ancízar y otros liberales y progresistas de la época en que se fundó la UN, en 1867, tenía mucho de acción temeraria, porque era una decisión política que desafiaba a un conjunto de sociedades regionales y locales que llevaban casi siete décadas luchando frontalmente para dar lugar a un país que solo podía surgir rompiendo las referencias políticas, sociales e incluso económicas de la pequeña comarca y, en muchísimos casos, del villorrio.

El proyecto que encarnaba esta Institución consistía en crear una Nación basada en la idea de un proyecto ilustrado, toda una transformación social que suponía la introducción de nuevas tecnologías de producción económica; cambios culturales; la aparición de nuevas ideas políticas y el creciente protagonismo de las disciplinas científicas. Las innovaciones culturales propuestas –como la separación Iglesia-Estado; el reconocimiento de las fuerzas sociales emergentes y los derechos laborales; la condición productiva de la tierra; una educación laica y la formación de una opinión pública– tensionaron los poderes establecidos.

La sociedad en la que esta Universidad se podía crear se enfrentaba al hecho de una Nación en construcción, ya que las pugnas y el conflicto en las diversas regiones, o entre las diversas unidades políticas, no permitieron sino hasta finales del siglo XIX el surgimiento de algunos referentes comunes. Pese a ello, desde sus inicios la influencia cultural de la UN se sintió en muchas regiones.

El apoyo económico de los gobiernos liberales hizo que durante las primeras décadas del siglo XX hubiera egresados de la Costa Atlántica, del Pacífico, del centro del país y del suroccidente. Así mismo la Institución se convirtió en el centro de educación superior en el que estudiaban sectores de diverso origen socioeconómico, incluidos los miembros de las clases dirigentes.

A pesar del surgimiento de universidades regionales públicas y del aumento del número de universidades privadas en la segunda mitad del siglo pasado, la UN se mantuvo como referente cultural al ofrecer un espacio para el debate y la divergencia con respecto a distintos problemas nacionales, lo que demuestra su compromiso por conservar una orientación sobre la Modernidad, asumida como una experiencia múltiple, centrada en la formación avanzada, la investigación científica y la cultura ilustrada.

El contexto contemporáneo

En la primera mitad del siglo XX se promovieron dos grandes proyectos para redefinir la Institución: el Proyecto de Reorganización de la UN, en 1909, y su Gobierno Universitario –propuesto por el representante al Congreso y líder liberal Rafael Uribe Uribe– y la Ley Orgánica de 1935, aprobada durante el gobierno de Alfonso López Pumarejo.

Sin embargo el proyecto de la “República Liberal”, de la invención del pueblo y ruptura con la tradición, desembocó en otra fase de confrontación por la oposición conservadora y católica, conocida como La Violencia.

En un país dividido, frente a exclusiones territoriales, étnicas, políticas y culturales, la UN fue una de las pocas instituciones capaces de mantener vivo un talante crítico e imaginativo que le permitía comprender la complejidad que nos constituye y reconocer la potencial unidad de su diversidad. Tales fueron las condiciones para su transición institucional en la segunda mitad del siglo XX.

Con la segunda posguerra, en medio de un mundo bipolar y de creciente inestabilidad económica y política, las universidades occidentales entraron en procesos de cambios y ajustes de sus modelos tradicionales, que innovaron al articular facultades e institutos de investigación, indicadores de nuevos términos, velocidades y relaciones entre conocimiento, aplicaciones y economía de mercado. Esta tendencia se acentúa con la Modernidad tardía, al configurarse un nuevo ciclo de acumulación a escala global basado en procesos de alta densidad tecnológica y uso intensivo del conocimiento, la llamada “sociedad del conocimiento”. El mundo, los países, las sociedades y las regiones están así expuestas a presiones inéditas.

Así las cosas, la UN tendrá que enfrentar en el inmediato futuro la siguiente cuestión crucial: ¿cómo seguir siendo en un mundo que ha dejado de ser? Lo que remite de inmediato a la imperiosa necesidad de redefinirse y reinventarse a partir de su legado como universidad pública –patrimonio de la Nación– y del uso responsable de su autonomía.

Tanto el Acuerdo Final de Paz entre el Gobierno y las Farc como las expectativas de negociación con el ELN y el escenario del posconflicto plantean grandes desafíos a la sociedad e institucionalidad del país en general y a la UN en particular. Uno de esos desafíos tiene que ver con el lugar y el valor que en el futuro se le asigne a la educación, a la cultura, a la ciencia y a la tecnología como aspecto sustantivo del proyecto colectivo. De esa decisión dependerá también el futuro mismo de esta Universidad.

La UN, como dispositivo mediador entre el ideal nacional inconcluso y un nuevo proyecto colectivo, se valida por la vigencia de sus principios trascendentales: ser la universidad del Estado y no de los gobiernos, estar al servicio de la Nación y no de grupos particulares, y reconocer en el conocimiento y el arte patrimonios comunes. Cabe ahora traducir ese legado haciéndolo socialmente útil e institucionalmente integrador para beneficio de las futuras generaciones de estudiosos y de todos los colombianos.



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