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Política & Sociedad
El intercambio comercial en la frontera es de 1.000 millones de dólares diarios, según el Reporte del estado de la frontera del Wilson Center, un centro de estudios independiente de EE. UU. foto: archivo particular

El intercambio comercial en la frontera es de 1.000 millones de dólares diarios, según el Reporte del estado de la frontera del Wilson Center, un centro de estudios independiente de EE. UU. foto: archivo particular

México y Trump: el prejuicio y el mercado

Mar. 18 de 2017

Por: Jesús Rodríguez Zepeda, profesor
investigador - Universidad Autónoma Metropolitana de México

Es la discriminación, y no la economía, la que explica el conflicto actual entre los dos países. A pesar de los esfuerzos del Gobierno mexicano por demostrarle al presidente Trump las ventajas de tener unas óptimas relaciones económicas y de seguridad, el mandatario se comporta guiado por una pulsión marcada por el prejuicio y la estigmatización racial y nacional.

La investidura presidencial de Donald Trump el 20 de enero de 2017 materializó muchos temores y reservas que habían crecido durante el largo periodo de las campañas electorales en los Estados Unidos. Como es sabido, uno de los rasgos discursivos más destacados durante la precampaña republicana –y luego durante la campaña electoral contra su rival demócrata Hillary Clinton– fue un ataque sostenido a la población mexicana.

Aunque históricamente en los EE. UU. ha existido un sentimiento de rechazo a la población de su vecino del sur y siempre se dieron actos y reglas que hacían aflorar prejuicios soterrados contra este grupo nacional, lo cierto es que después de la Segunda Guerra Mundial y hasta 2016 tanto las presidencias demócratas como las republicanas habían mantenido un criterio general de buena vecindad con sus contrapartes mexicanas. Tal relación de cordialidad y de alianza tácita se robusteció a partir del soporte tripartito entre Canadá, Estados Unidos y México del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, o NAFTA, por sus siglas en inglés), firmado en diciembre de 1992 y en vigor desde el 1 de enero de 2004.

El TLCAN es un acuerdo sobre tarifas, gravámenes y circulación libre de mercancías que pronto se convirtió en un factor dinamizador de las economías de los tres países, por lo que el consenso interpretativo al mediar la segunda década del siglo XXI es que es beneficioso porque reposa en la complementariedad de sus respectivas economías.

La alteración mayor, o la denuncia de este Tratado por parte del Gobierno estadounidense, con lo que el presidente Trump ha amenazado hasta la fecha, implicaría un descalabro mayúsculo para la economía mexicana. Durante la vigencia del TLCAN México se convirtió en el segundo socio comercial de los EE. UU., solo por debajo de China, mientras que las exportaciones netas mexicanas al país del norte suman un 71 % (291.000 millones de dólares). Por lo demás es cierto que existe un superávit favorable a México por 63.192 millones de dólares, aunque en contrapartida recibe importaciones estadounidenses por 230.959 millones de dólares.

Ese contexto de amenazas de cancelación del Tratado, y la correlativa satanización de la población mexicana (en especial de las personas migrantes indocumentadas), articulados por Donald Trump en su campaña, incentivaron al Gobierno mexicano a una aventurada respuesta política que, a la postre, se ha revelado como muy desafortunada.

El presidente Peña Nieto invitó al entonces candidato republicano a una visita a México que se realizó el 31 de agosto de 2016. Más que los pormenores de la visita y sus consecuencias, importa destacar aquí el modelo de racionalidad política que dominó esta decisión de “invitar al enemigo a casa” y que, no obstante sus resultados negativos, se ha mantenido hasta la fecha como guía de acción de la política mexicana en su relación con el nuevo ejecutivo estadounidense.

La intención declarada de la autoridad mexicana era informarle al candidato Trump acerca de la verdadera naturaleza de las recíprocamente beneficiosas relaciones económicas entre ambos países, con la expectativa de que, una vez este personaje tuviera clara la genuina situación económica, modificara su conducta a la luz de la información verdadera. 

Respuesta equivocada 

La visión del Gobierno mexicano responde a una idea de racionalidad económica neoclásica, conforme a la cual los sujetos económicos tenderán a actuar racionalmente –es decir buscando resultados optimizadores– si disponen de información pertinente para la orientación de sus actos económicos. El fundamento de la decisión racional (rational choice) neoclásica es el supuesto de que el conocimiento de aquello que produce beneficio económico para el sujeto lo llevará a descartar conductas contrarias a ese beneficio.

Fue Amartya Sen quien formuló una crítica radical a este modelo de racionalidad que supone una reducción de las motivaciones del sujeto a los beneficios pecuniarios optimizadores que promueven su posición económica. Sen denominó con ironía rational fools (“tontos racionales”) a los sujetos que, guiados por otros móviles conductuales, son capaces de subordinar su interés económico a otro tipo de satisfacción. Y es en este juego de conductas estratégicas en el que el móvil discriminatorio adquiere un particular relieve para nuestro caso.

La respuesta estratégica a los embates de Donald Trump ha sido equivocada porque ha supuesto un modelo de rational choice en ese gobernante en vez de uno de rational fool. Por decirlo de manera breve: la clave que explica el actual estado de cosas entre EE. UU. y México es la discriminación y no la economía. Mientras que el Gobierno mexicano pretende el convencimiento racional del presidente Trump según una forma mentis neoclásica, ese sujeto se comporta guiado por una pulsión marcada por el prejuicio y la estigmatización racial y nacional.

Gary S. Becker, el famoso economista de la Universidad de Chicago, publicó en 1957 su innovadora obra The Economics of Discrimination (La economía de la discriminación), en la que acuñó el concepto de “gusto por la discriminación” (taste for discrimination), el cual se representa económicamente como la cantidad de dinero que un sujeto está dispuesto a perder o dejar de ganar con tal de afirmar su preferencia discriminatoria.

El profesor Becker sostenía que la conducta reflejada por este concepto es económicamente irracional, pero se podría agregar que, no obstante su irracionalidad mercantil, es precisamente el tipo de motivación que explica una actitud constante como la del presidente estadounidense.

Un error interpretativo agregado al prejuicio neoclásico ha sido el de contemplar los excesos y las incoherencias de este gobernante en clave de equilibrio o de salud mental. Esta perspectiva tampoco es correcta. Más allá de su particular talante personal, Donald Trump expresa una corriente de pensamiento profunda y estable: el racismo o supremacismo racial estadounidense y su profunda herida simbólica ante el riesgo de pérdida de su hegemonía demográfica y, desde luego, cultural. Esta corriente es la que ha encontrado con Trump condiciones políticas propicias para emerger en las instituciones formales.

Si el Estado mexicano no es capaz de entender que es la discriminación y no el apetito pecuniario lo que mueve este proceso, será incapaz de definir su posición de una manera políticamente solvente. Esto no implica que la economía sea irrelevante, pero aquí, como en muchos otros casos, la economía sigue al prejuicio, y no al revés.



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