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Sesquicentenario
La UN ha hecho importantes aportes al estudio de las ciencias sociales en Colombia. foto: archivo Unimedios

La UN ha hecho importantes aportes al estudio de las ciencias sociales en Colombia. foto: archivo Unimedios

Siempre cerca de los problemas del país

Sep. 16 de 2017

Por: Fernando Cubides C.,
profesor titular, Facultad de Ciencias Humanas Universidad Nacional de Colombia

Además de contribuir al análisis de la violencia, su recurrencia, sus variables, sus protagonistas y sus víctimas, las ciencias sociales han permitido comprender tanto la diversidad étnica y regional de los países como su cartografía y su dimensión de la pobreza o de las desigualdades sociales. La Universidad Nacional de Colombia (UN) ha jugado un papel trascendental en la construcción de ese conocimiento de la sociedad colombiana.

Desde la fundación de la UN las ciencias sociales han estado presentes en su trayectoria, a pesar de algunos altibajos. El hecho de que su primer rector, Manuel Ancízar, hubiese sido secretario de la Comisión Corográfica, y además etnógrafo y geógrafo por vocación, resulta significativo. Precisamente que la Institución se definiera como “un templo laico de saber” indicaba esa tendencia.

Las maneras de organizar ese saber varían según los estímulos externos; los condicionantes y las restricciones que han existido para la educación pública; y las decisiones internas a medida que se aclimatan las disciplinas que hoy contiene la Facultad de Ciencias Humanas y que se configuran como profesiones.

Bien entrado el siglo XX, al optar por la denominación de “ciencias humanas” se está subrayando que todas las disciplinas se integran no por agregación, pues tienen como sustrato común una tradición humanista. El nombre cuenta, claro está, y lo iremos comprobando en los momentos críticos y decisivos.

Dicha tradición humanista en la que se ubicaban los pioneros –y a la que, por agregación, se iban adscribiendo las disciplinas particulares– es la que explica la naturaleza de sus contribuciones. Esto se puede constar, por ejemplo, en la importancia que adquirió el debate de 1882 entre Salvador Camacho Roldán –liberal radical– y Rafael Núñez, liberal en tránsito a un conservatismo moderado y uno de los artífices de la Regeneración conservadora y de la Constitución de 1886. Si se miran las piezas de tal debate es muy significativo que entre ellos se perciba un cierto acuerdo, más allá de sus diferencias ideológicas y de partido.

Las primeras generaciones de científicos sociales estaban conformadas por aficionados y practicantes empíricos cuya formación básica era el derecho. Por lo general el conocimiento y la enseñanza que esas materias transmitían eran descripciones del territorio y del conjunto de sus pobladores, con lo que se va difundiendo un interés por lo que se denominaba de manera genérica “la cuestión social”.

Por ejemplo un ingeniero como Alejandro López Restrepo se interesa por los problemas de la organización del trabajo, pero también por la distribución del recurso tierra y su uso racional, por eso su libro Problemas colombianos (1927) sigue siendo antológico, de referencia para historiadores, economistas y científicos sociales.

En el siglo XX, la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, con su propia denominación comprensiva, denotaba la intención de albergar la enseñanza de la filosofía y también acogía en sus cátedras versiones preliminares de otras disciplinas.

La introducción del marxismo en la enseñanza universitaria fue la que propició disensiones, condicionamientos y críticas externas. El libro Sociología americana (un, 1950), de Diego Montaña Cuéllar, dará cuenta de tales desacuerdos y del propósito de innovación. Para ese momento, en el balance del conjunto de disciplinas no se puede perder de vista el aporte de los inmigrantes Paul Rivet (etnólogo francés), Juozas Zaranka (filólogo lituano), Ernesto Guhl (geógrafo alemán), Vytautas Mankeliunas (psicólogo lituano) y Tomás Ducay (filósofo español), quienes en algún momento fungieron como docentes de la UN.

En las generaciones sucesivas y en la medida en que las disciplinas se “aclimatan” y se conforman como saberes especializados, el análisis se refina y procura sopesar y entender tanto la diversidad regional y étnica como la paulatina diferenciación social y sus dimensiones negativas: la desigualdad, el conflicto y, en fin, la violencia y sus secuelas

Carácter interdisciplinar

Las contribuciones de las ciencias sociales no han sido continuas: ha habido intermitencias. Dentro de las contribuciones es necesario considerar –cómo no–, las de sus egresados. Los momentos de alza se han caracterizado por la calidad de sus producciones, las cuales han respondido de manera nítida a demandas externas y a un reconocimiento claro de la necesidad, de la validez y la pertinencia del conocimiento que producen nuestras disciplinas.

Los textos producidos se han convertido en clásicos, y como tales siguen siendo leídos y estudiados. Una de las obras más emblemáticas, La Violencia en Colombia. Estudio de un proceso social (UN, 1962), se escribió hace más de medio siglo. Con ella la sociología adquiere su primer reconocimiento como disciplina académica.

Una de las razones de la paulatina recepción de la obra –recordemos que la primera edición fue censurada por el Gobierno– se debió en parte al debate suscitado acerca del margen de objetividad posible y la demostración de los dividendos intelectuales que produce integración
de disciplinas.

Los autores, provenientes de distintas corrientes, apelan a varias más, acuciados por ofrecer un diagnóstico y una terapéutica (el uso de los términos, prestados a la medicina, no es inocente) que les permita establecer la causa de un fenómeno multiforme, de muy diversa intensidad según la región donde se dio.

El listado de personas consultadas equivaldría a un directorio de los pioneros de las disciplinas y profesiones que hoy integran la Facultad. Puede decirse que en las etapas sucesivas y hasta la actualidad quienes investigan sobre la cuestión están emulando consciente o inconscientemente aquella obra emblemática. Para ello basta examinar las diversas contribuciones sobre las violencias, los actores armados, la mensurabilidad de la victimización, el restablecimiento de la dignidad de las víctimas que pasa por construir un estimativo fiable de la magnitud del problema, y las mediciones de pobreza y desigualdad.

Así mismo, La Violencia en Colombia. Estudio de un proceso social es una muestra de la eficacia comunicativa, del ejercicio de hacer comprensibles los resultados para que su eco traspase las paredes de las aulas. En ese sentido es importante resaltar el esmero especial en la factura y calidad de los textos.

En conclusión, es necesario revisar el inadecuado símil “que sea una torre de marfil” para referirse a la universidad pública. La Universidad Nacional de Colombia nunca ha estado alejada de los problemas del país: para bien y para mal todos los problemas se expresan en sus campus, incluyendo los presupuestales y de administración de los recursos humanos y materiales.



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