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Ciudad & Territorio
A la población isleña le intranquiliza la ocupación masiva de los litorales, derivada tanto del creciente ritmo de construcción como del mejoramiento de hoteles y viviendas. foto: archivo Unimedios

A la población isleña le intranquiliza la ocupación masiva de los litorales, derivada tanto del creciente ritmo de construcción como del mejoramiento de hoteles y viviendas. foto: archivo Unimedios

Sin políticas públicas no hay turismo sostenible en el Caribe

Apr. 22 de 2017

Por: Silvia Mantilla, docente,
coordinadora del Centro de Pensamiento del Gran Caribe - Universidad Nacional de Colombia

Los planes turísticos “todo incluido” impiden la distribución equitativa del ingreso entre los habitantes del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina; además, las temporadas altas afectan el suministro de servicios públicos. Es necesario hacer una planificación territorial, equilibrar la oferta de los servicios con la demanda turística, e incluir a la comunidad local.

Pensar en el desarrollo de las sociedades caribeñas a partir de la industria turística supone enfrentar los obstáculos que el capitalismo impone a la democratización de los flujos del capital, y repensar la actividad económica y social del sector desde la visión del desarrollo sostenible.

Si bien en 2013 la Asociación de Estados del Caribe declaró la región como Zona de Turismo Sostenible (ZTSC), el hecho de que esta industria crezca cada año entre un 4 % y un 7 % no ha garantizado una mejor situación socioeconómica para sus habitantes ni un manejo más eficiente de sus recursos y servicios ambientales.

Colombia es claro ejemplo de esta situación: con sus amplias costas sobre el Caribe, posee destinos turísticos con atractivos inigualables en esta región rica en recursos naturales, biodiversidad, culturas y paisajes bañados por uno de los mares más hermosos y cálidos del mundo, pero a la vez es una de las regiones que presenta los más dramáticos indicadores socioeconómicos en términos tanto de desigualdad y acceso a la salud, la educación y los servicios públicos, como de infraestructura para sus pobladores.

En el contexto particular del Caribe insular colombiano se encuentra el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, que posee la segunda barrera arrecifal más grande del hemisferio occidental y la tercera del mundo. Se trata de 2.860 km de áreas coralinas declarada en 2000 por la Unesco como Reserva de Biosfera Seaflower por poseer una riqueza ambiental, humana y cultural que debe ser cuidada y protegida por sus habitantes y por el mundo.

Aunque el Archipiélago es uno de los destinos preferidos por los turistas colombianos y extranjeros –con una afluencia promedio de 650.000 visitantes al año y cuya proyección va en crecimiento–, el modelo en masa que predomina con la instalación de las multinacionales hoteleras y sus paquetes “todo incluido” ha impedido la distribución equitativa del ingreso entre sus habitantes, ya que estos resort concentran todos los beneficios e impiden el consumo de los viajeros en la economía local. Esta situación se torna dramática cuando alrededor de un
77 % de las personas que visitan la isla de San Andrés lo hace a través de los “todo incluido”.

A pesar de que la industria turística se ha consolidado como uno de los sectores productivos que genera mayores flujos de capital, empleos e inversión, hasta hace poco el Dane registraba un incremento sustancial del porcentaje de la población que presenta necesidades básicas insatisfechas, al pasar del 33,31 % en 1993 (inferior al nivel nacional, de 35,8 %) al 40,84 % en 2012, muy por encima del nivel nacional (27,78 %). Además, según el Comité Regional para la Prevención y Atención de Desastres, en la isla existen cerca de 33 zonas subnormales con una población de 13.000 personas, de las cuales un 24 % vive en tugurios. 

Los recursos no dan más 

Los turistas que arriban a diario a la isla no observan a simple vista la realidad socioeconómica del Archipiélago, y tampoco es tenida en cuenta por el Viceministerio de Turismo que les recomienda a las instituciones y a la población local “perderle el miedo” al incremento paulatino del número de turistas, ya que “a través de la captación turística habrá mayor competitividad y mayor rentabilidad económica para el sector”.

Pero lo más grave de todo es que no se observa ni se calcula el daño ambiental y la presión que el modelo turístico de masas genera sobre los escasos recursos y servicios públicos en una isla que no ha resuelto sus condiciones estructurales más básicas relacionadas con el abastecimiento de agua potable, alcantarillado y energía.

Por ejemplo, en el caso del agua y el alcantarillado, según la Encuesta Calidad de Vida del Dane de 2010, existen bajos niveles de cobertura: un acceso al acueducto del 31,6 % y solo del 22,7 % al alcantarillado, además de un alto desequilibrio entre la oferta y la demanda de agua potable para la población.

A los isleños les intranquiliza la ocupación masiva de los litorales, derivada del creciente ritmo de construcción y mejoramiento de hoteles y viviendas que pone el litoral en riesgo de colmatación urbanística, la cual genera importantes conflictos territoriales, degradación ambiental progresiva y pérdida de atractivo para la demanda turística actual.

También les preocupa la sobreexplotación del recurso hídrico que impacta los limitados y frágiles acuíferos de las islas y las zonas costeras para abastecer a la población visitante, provocando problemas de intrusión marina en los acuíferos, baja disponibilidad de agua para las comunidades locales y mayor impacto de las sequías en los territorios, situación agravada por la prestación ineficiente de los servicios públicos domiciliarios.

Otros problemas, como la contaminación de las aguas, están ocasionando graves daños a los ecosistemas marinos como pastos, manglares y arrecifes coralinos, pero tal vez lo que más afecta y resiente a la comunidad isleña es el incremento exponencial de residuos sólidos y líquidos (causado por el incremento de la población), que ha llevado a un colapso de las basuras, cuyo promedio es de
80 ton/día en temporada baja y de 120 ton/día en temporada alta. 

Planificación adecuada 

La altísima dependencia del sector turístico en estas condiciones está poniendo en riesgo la sostenibilidad de largo plazo del Archipiélago. Por esta razón, hoy más que nunca se requiere de una planificación adecuada por parte de los diferentes estamentos gubernamentales, de las distintas instituciones implicadas en el sector y, ante todo, de la participación de la sociedad isleña.

Lo anterior supone, entre muchas otras medidas, hacer efectiva la política de protección y conservación de la Reserva Seaflower; consolidar la planificación turística dentro del ordenamiento territorial; desarrollar una conciencia ambiental turística; propiciar una mejor interacción entre turismo y cultura, y determinar la capacidad de carga del territorio y su inicidencia en la presión sobre los recursos naturales, poniendo límites al crecimiento turístico con base en la oferta natural.

El modelo del “todo incluido” también tiende a invisibilizar las tradiciones y prácticas socioculturales de la comunidad raizal, pobladores ancestrales de las islas que solo participan como mano de obra barata en la industria turística, pero que cada vez se ve más afectada por el desplazamiento territorial que imponen las firmas hoteleras y el fenómeno de la sobrepoblación.

Las islas deben decidir hoy entre intensificar el modelo dominante o imponer límites al crecimiento turístico a partir de una planificación integral que involucre a las comunidades locales.

Ojalá sea posible desarrollar la visión de archipiélago que la misma comunidad construyó en una serie de talleres organizados por el Centro de Pensamiento del Gran Caribe en la Universidad Nacional de Colombia Sede Caribe, y cuya proyección es*: “En el 2025 seremos reconocidos a nivel mundial por ser una Reserva de Biosfera Seaflower con un turismo sostenible de calidad, limpio y organizado, donde se vive una experiencia de armonía entre la sociedad, la naturaleza y los visitantes; y donde la preservación de la cultura local, la educación, la equidad y la salud sean prioritarias”. 

*Este artículo expone parte de los resultados del estudio realizado por los investigadores Carolina Velásquez, Johannie James, Raúl Román y Silvia Mantilla, publicada en el libro Desarrollo y turismo sostenible en el Caribe, de la Editorial Universidad Nacional de Colombia.



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